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miércoles, 10 de octubre de 2012
Palenque
Nuevos estudios, nuevos hallazgos


ÍNDICE 113
• Palenque. Nuevos estudios, nuevos hallazgos• La historia dinástica de Palenque
• El mar de la creación primordial• El tablero del Templo de la Cruz. Palenque
• Continuidad y cambios de la antigua Lakamha• ARQUEOLOGÍA: Las batallas rituales en Mesoamérica. Parte II
• Palenque y el reino olvidado de Chinikihá• Intrumentos sonoros prehispánicos. Tehuantepec
• La malaquita de la máscara de la Reina Roja• HISTORIA: Una odisea continental. Las piernas de Cuauhtémoc
• Los yugos y hachas votivas de Palenque• MENTIRAS Y VERDADES: Quetzalcóatl ¿blanco y de ojos azules?
• Las sepulturas de Palenque• DOCUMENTO: Anales de Tula

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Palenque y el reino olvidado de Chinikihá

Rodrigo Liendo Stuardo

El Palacio de Chinikihá es un ejemplo de la
arquitectura que caracteriza a la región del Usumacinta. Está compuesto por tres patios interiores, sus
edificios abovedados se distribuyen en tres niveles.
Crujía Sur, el Palacio. Chinikihá, Chiapas.

Foto: Atasta Flores E.
Chinikihá es un sitio clave para la arqueología de las Tierras Bajas noroccidentales, así como para la comprensión de la compleja red de relaciones económicas y políticas entre entidades en constante competencia por el control de bienes e individuos en la región del río Usumacinta.Chinikihá es uno de esos sitios importantes de las Tierras Bajas mayas que esconden grandes sorpresas, ocultos a la vista e interés de viajeros y especialistas desde que fueran abandonados hace ya más de 1 000 años.
Teobert Maler fue el primer explorador que reportó la existencia de Chinikihá, en 1898. En su breve visita realizó un registro somero del estado y características generales del sitio, y mencionó la existencia de edificios en buen estado de conservación que mantenían aún cuartos abovedados, algunas pirámides de tamaño significativo, y otras edificaciones distribuidas en un amplio sector aledaño al viejo camino de Tenosique. Esta descripción escueta del sitio quedó plasmada en el libro Researches in the Central Portion of the Usumacintla Valley, junto a la descripción de dos fragmentos de piedras esculpidas provenientes de un lugar no definido dentro del sitio, que suponemos es el gran edificio que domina la Plaza Central del sitio. Casi un siglo después, esas piezas fueron incluidas por Merle Green Robertson en una recopilación de calcas realizadas sobre monumentos inscritos del área maya (Greene, Rands, Graham, 1972, pp. 40-43). Ambas piezas se encuentran hoy a resguardo en las bodegas del Museo Regional de Chiapas, Tuxtla Gutiérrez, Chiapas.
El fragmento de texto sobreviviente en una de las piedras labradas, que probablemente formó parte de un trono, menciona a K’inich B’ah Tok’ y Aj Tok’ Ti’, gobernantes de Chinikihá en algún momento de su larga historia. El Trono 1 relata también la captura de un guerrero del sitio de Po’ (el actual sitio arqueológico de Toniná) a manos de un “señor sagrado” (k’uhul ahau) en 573 d.C. (Mathews, 2001). Desgraciadamente, este fragmento de texto, el único que con certeza sabemos proviene de Chinikihá, no indica el nombre antiguo del sitio.
Con la mínima referencia de Maler, Chinikihá fue incluido en el Atlas arqueológico nacional de 1939, y posteriormente en el mapa de la Universidad de Tulane (1940), para aparecer después en la reedición actualizada del Atlas arqueológico nacional compilado en 1967 por Román Piña Chan. Luego de esta mención, Chinikihá fue nuevamente olvidado, y sólo en un artículo científico de mediados del siglo pasado (1955) Heinrich Berlin se refirió a él. Desde la visita de Maler a finales del siglo XIX, Chinikihá no parece haber sido objeto de un saqueo sistemático, como ha sido el caso en gran cantidad de sitios mayas. Sin embargo, sus edificios más visibles han sufrido una destrucción lenta y aleatoria, precipitada por la búsqueda de materia prima para diferentes proyectos constructivos llevados a cabo a lo largo de los años en el norte de Chiapas.





Palenque

Nuevos estudios, nuevos hallazgos
Incensario efigie con representación del dios GIII
o Sol Jaguar del Inframundo. Museo de Sitio Alberto
Ruz Lhuillier, Palenque, Chiapas.

Foto: Oliver Santana / Raíces.
Palenque es una de las zonas arqueológicas más importantes de México. Al talento y maestría que se reflejan, entre otras expresiones, en su arquitectura, su escultura y su cerámica, se suman un impresionante acervo glífico –entre los más numerosos, mejor conservados y complejos del Clásico maya– y un vasto conjunto de vestigios arqueológicos que rebasan por mucho no sólo el centro cívico ceremonial de Palenque –donde se encuentran los edificios que han dado justa fama al sitio– sino los límites mismos de la ciudad.
Un desarrollo como el de Lakamha’, nombre que Palenque recibía en el Clásico de acuerdo con las inscripciones, sólo puede ser comprendido cabalmente si se toman en cuenta todos esos elementos. Por fortuna, los trabajos de los últimos años en Palenque han transitado por esa vía: la de la investigación global de las distintas clases de vestigios relacionados con la ciudad, y gracias a ello tenemos una visión más detallada y amplia del desarrollo de la ciudad y su papel en la historia del área maya.
Cuando editamos el primer ejemplar de Arqueología Mexicana que se dedicó a Palenque (número 2, junio de 1993), buena parte de las investigaciones cuyos resultados conforman esta entrega no se habían iniciado y algunas de las conclusiones a las que llevaron eran en aquel entonces meras hipótesis, si no es que ni siquiera imaginables.
Desde entonces esas investigaciones han incrementado el conocimiento sobre Palenque desde varias perspectivas: lo mismo en el desciframiento de las inscripciones glíficas –que ha arrojado una detallada relación de la secuencia dinástica del sitio y permitido adentrarse en las prácticas rituales y la cosmovisión de sus antiguos habitantes– que en el análisis de los distintos objetos encontrados durante las excavaciones y en el estudio de la ciudad y su región.
Esta edición da cuenta de los avances más recientes al respecto y ofrece una visión integral sobre la antigua ciudad de Palenque, que además contribuye a poner en justa perspectiva el desarrollo de la zona maya durante el Clásico.




El mar de la creación primordial
Un escenario mítico y geológico en Palenque
Martha Cuevas García, Jesús Alvarado Ortega

En la parte superior de la Torre del Palacio de Palenque
se construyó un altar con coquina, roca en la que predominan organismos de origen biológico marino. 

Foto: Octavio Moreno Nuricumbo / Proyecto
Arqueológico Palenque (PAP)
Fósiles marinos que provienen de las formaciones geológicas del entorno de la ciudad de Palenque fueron utilizados en actividades rituales, debido a que parecen haber sido considerados reliquias de una época anterior a la creación actual, un tiempo remoto, mítico, en el que el mundo estaba inmerso en las aguas primordiales.
El hallazgo de fósiles en diversas regiones del mundo a lo largo de la historia de la humanidad ha propiciado la generación de distintas concepciones sobre ellos. La convivencia con plantas y animales petrificados o de naturaleza distinta de las especies vivas generó diversas creencias en torno a ellos. Así, por ejemplo, los sacerdotes egipcios usaban las amonitas, llamadas cuernos de Amón, como elementos que permitían tener premoniciones y visiones divinas durante el sueño, idea que surge de la similitud de la concha de estos moluscos con la forma de los cuernos del carnero, animal con el que se representaba al dios Amón-Ra. Asimismo, el sabio chino Shen Kua, en el siglo IX, concluía que los fósiles eran restos de animales marinos, ya que a pesar de encontrarse distantes del mar, en su época debieron estar en una playa de mar; en otras latitudes, Ristoro d’Arezzo aseguraba en 1282 que los fósiles eran restos de seres vivos dejados en las montañas después del diluvio universal (Papavero et al., 1995a; Papavero et al., 1995b; Sour y Quiroz, 2004).
Desde esta perspectiva, la antigua ciudad maya de Palenque es parte importante de la historia de la paleontología, pues en ella se han hecho hallazgos de fósiles marinos. Su estudio permite establecer las edades relativas de los cuerpos de roca portadores o asociados a ellos, e informa acerca de eventos geológicos, cambios geográficos, climas y ambientes sedimentarios antiguos. Toda vez que forman parte de contextos arqueológicos, reflejan vínculos con actividades humanas del pasado y, por consiguiente, resulta relevante indagar el significado y la importancia atribuida a los fósiles marinos por los antiguos pobladores de Palenque.
FÓSILES MARINOS EN PALENQUE
Palenque es la ciudad prehispánica donde hasta la fecha se ha descubierto el mayor número de fósiles marinos en el área maya: alrededor de 40 ejemplares. Los más comunes son dientes de tiburón, espinas de raya y lajas con peces, que fueron utilizados en contextos funerarios o como parte de ofrendas dedicatorias. También emplearon coquina (roca compuesta por restos de origen orgánico) para construir el altar que se encuentra en el piso superior de la Torre del Palacio, y es la materia prima de una estatuilla que procede del Templo de las Inscripciones y de un yugo, en los rellenos constructivos y piedras de los edificios se han detectado otros fósiles, como estrellas de mar, equinodermos y bivalvos. La incorporación de fósiles marinos en actividades de tipo ritual deja vislumbrar que fue en las creencias religiosas, en particular, donde permeó el significado atribuido a los restos paleontológicos.



Continuidad y cambios en la vida urbana
de la antigua Lakamha’ (Palenque)

Roberto López Bravo, Benito J. Venegas Durán

En la fase Huipalé (810-900? d.C.) la ciudad de Palenque estaba abandonada, los edificios, principalmente los de la Acrópolis Sur, fueron modificados. Sin embargo, a las estructuras y esculturas más impresionantes, como el Templo de las Inscripciones, no se les hizo ningún cambio. Templo de las Inscripciones (último plano) y otros edificios de Palenque, Chiapas. Foto: Michael Calderwood / Raíces
Cinco años de investigación del “Proyecto crecimiento urbano de la antigua ciudad de Palenque” (PCU) han permitido acercarnos a la comprensión de su origen, crecimiento y abandono, a la vez que entender diversos aspectos de su funcionamiento como el centro de población más importante de su región. El presente trabajo, organizado cronológicamente, presenta algunas observaciones referentes a la vida cotidiana de los antiguos palencanos a lo largo de 1 000 años, y hace especial énfasis en aspectos trascendentales que marcaron cambios a lo largo de esta larga secuencia de ocupación.Durante los últimos 30 años, la mayor parte de las interpretaciones publicadas sobre Palenque tienen datos epigráficos como apoyo principal. Con el artículo seminal de Peter Mathews y Linda Schele sobre los gobernantes de Palenque, publicado en 1974, dio inicio una tradición interpretativa hoy ampliamente divulgada tanto en trabajos especializados como en libros dirigidos al público en general. Sin embargo, en nuestra opinión el uso desmedido de la interpretación epigráfica nos puede conducir a reconstrucciones de “vidas de grandes hombres y mujeres”, dejando de lado los procesos sociales que permitirían acercarnos a la comprensión del funcionamiento interno de las ciudades mayas, así como las experiencias de vida de sus constructores. Adicionalmente, la mayoría de las investigaciones arqueológicas en Palenque se ha esforzado en la recuperación y conservación de los edificios monumentales en el sector este del sitio, con relativamente poco interés en otras secciones del asentamiento. El proyecto en que ahora participamos fue diseñado para recuperar sistemáticamente información en los diferentes barrios de la ciudad, con el fin de aportar nuevas ideas en dos líneas de investigación principales: 1) la reconstrucción del crecimiento de la ciudad a lo largo del periodo Clásico, y 2) la identificación y análisis de procesos de producción y consumo efectuados en unidades habitacionales de diferentes niveles socioeconómicos, organizadas en barrios alrededor de un gran conjunto habitacional de elite.
Durante 2003 y 2004 se realizaron en total 96 pozos estratigráficos, que permitieron la recuperación de alrededor de 63 000 fragmentos de cerámica, y para determinar su temporalidad se contó con la importante colaboración del doctor Robert L. Rands (rip), investigador de la cerámica de la reregión durante cinco décadas, y la arqueóloga Elena San Román Martín, encargada de las colecciones del Proyecto Palenque dirigido por el arqueólogo Arnoldo González Cruz. El apoyo de los tres fue de vital importancia, ya que se pudieron establecer los lineamientos para la comparación de formas y el ordenamiento temporal de las colecciones cerámicas palencanas, lineamientos que esperamos se vuelvan la principal referencia para los investigadores de la región. Los pozos fueron excavados preferentemente en espacios abiertos (plazas y patios), en la cercanía de edificios domésticos, y se buscó recuperar materiales representativos de las actividades realizadas en ellos.



La malaquita de la máscara de la Reina Roja
Arnoldo González Cruz, José Luis Ruvalcaba Sil, Francisco Riquelme Alcantar

Imagen de luz ultravioleta de la máscara de la Reina
Roja, donde se observan las concreciones de
carbonatos de calcio blancos en toda la superficie. 

Foto: José Luis Ruvalcaba, Instituto De Física, UNAM
El estudio de la composición de las teselas de la máscara de la Reina Roja abre la oportunidad de conocer la procedencia de la malaquita empleada en la manufactura de esta pieza única por su materia prima.
En 1994 se descubrió en el Templo XIII de Palenque un recinto funerario: el de un personaje femenino de la nobleza conocido como la Reina Roja. Entre los objetos que guardaba el sarcófago monolítico se halló un grupo de teselas de color verde rodeando el cráneo y el pecho. Se determinó que se trataba de una máscara, orejeras y collares, con la particularidad de que las teselas de la máscara eran de malaquita, a diferencia de otras piezas mayas de este tipo elaboradas de jadeíta y otras piedras verdes. En otras regiones de Mesoamérica se emplearon en la manufactura de las máscaras, además de piedras verdes, otros minerales como la amazonita y la turquesa, la hematita especular y la obsidiana. La máscara de la Reina Roja, por lo tanto, constituye el único caso donde se usó malaquita.
La malaquita es un mineral verde constituido por carbonato de cobre, que se obtiene de la mena de cobre y plata en la zona de oxidación de los depósitos de cobre, como resultado de su alteración. Su dureza oscila entre 3.5 y 4 en la escala de Mohs, por lo que es relativamente suave pero quebradiza. Se encuentra asociada a minerales como la cuprita, la azurita, la calcopirita, la wollastonita y la calcita.
En Mesoamérica hasta el momento existen pocos hallazgos de objetos hechos de malaquita. Se ha reportado un colgante de malaquita en un entierro temprano en San José Mogote, en Oaxaca (1150-850 a.C.), así como restos de malaquita en un entierro: en una urna hallada en el montículo 125 del grupo F de Izapa, asociada a la fase Kato del Clásico Temprano (400-500 d.C.). Asimismo, en el entierro C14C-4 en Caracol, Belice, correspondiente al Clásico Tardío, se hallaron unas cuentas de malaquita.
En el Clásico la malaquita fue ampliamente usada como pigmento en la pintura mural de Teotihuacan, pero en este sitio no han sido encontradas piezas elaboradas con ese material. También existen reportes del uso de tal pigmento en la pintura mural en Bonampak, Chiapas, y en otros sitios mayas de la península de Yucatán.
En Palenque se ha encontrado como pigmento en portaincensarios cerámicos de los templos de la Cruz, de la Cruz Foliada y del Sol; en una banca de arcilla procedente de la tumba 1, Edificio 3 del Grupo B; y en el tocado de un rostro antropomorfo de estuco de la tumba 5 del Templo de la Cruz.



Los yugos y hachas votivas de Palenque
José Luis Cruz Romero

En 1935 Miguel Ángel Fernández encontró en el desplante de la Torre del Palacio de Palenque el fragmento inferior de esta hacha votiva; la sección superior fue localizada por Alberto Ruz en la década de 1950, en el Patio Noroeste de ese conjunto arquitectónico. Ambas partes fueron unidas en 2010. Museo de Sitio Alberto Ruz Lhuillier, Palenque, Chiapas. Foto: José Luis Cruz Romero
Es sorprendente que Palenque sea la ciudad con mayor número de yugos y hachas votivas dentro de Mesoamérica, lo que parece indicar que la dinastía del sitio tuvo predilección por el uso de estas esculturas asociadas al juego de pelota.
La colección del Museo de Sitio de Palenque incluye un numeroso conjunto de yugos y hachas votivas, 52 ejemplares, que han sido localizados en diferentes edificios de Palenque. Durante las exploraciones que llevó a cabo Alberto Ruz en la década de los cincuenta del siglo pasado encontró una gran cantidad de este tipo de esculturas en el Palacio, a partir de lo cual planteó la posibilidad de que se hubiera llevado a cabo una invasión y conquista de la ciudad por parte de grupos provenientes de la Costa del Golfo, a quienes se atribuye esta tradición escultórica. Esta idea parte del hecho de haber localizado los yugos y hachas votivas mutilados, así como en contextos tardíos, aunque confusos, es decir, sobre la superficie de los edificios o entre el derrumbe de los mismos. En la actualidad es necesario revisar esta idea tomando en cuenta los hallazgos posteriores a Ruz, que plantean un panorama distinto.
DESCUBRIMIENTO
El primer descubrimiento de este tipo de objetos fue realizado por Guillermo Dupaix, quien en 1831 publicó el dibujo de un hacha votiva con la representación de un rostro antropomorfo. Desafortunadamente, no reportó el lugar exacto del hallazgo y actualmente se desconoce dónde se resguarda tal pieza. A finales de mismo siglo XIX, Alfred Maudslay mencionó en su obra Biología Centrali-Americana que durante sus trabajos en Palenque encontró un fragmento de yugo en la pequeña cámara norte que delimita el Patio Noroeste del Palacio.
En 1935 Miguel Ángel Fernández realizó exploraciones en el Palacio y localizó un fragmento de hacha con el diseño de un rostro antropomorfo, justo en la esquina noreste de la Torre, muy cerca de donde se encontró el Tablero de los 96 glifos, obra lapidaria elaborada en 783 d.C. por órdenes de K’inich K’uk’-Balam II, uno de los últimos dignatarios de Palenque. Años después, en 1949, Alberto Ruz realizó excavaciones en el Palacio y encontró en el patio noroeste tres pequeños fragmentos de piedra, que resultaron ser el complemento superior del hacha votiva que Miguel Ángel Fernández había encontrado. Estos fragmentos fueron reintegrados en 2010 durante los trabajos de actualización de las colecciones del Museo de Sitio de Palenque.
El Palacio resulta de especial importancia pues es ahí donde se ha recuperado la mayor cantidad de yugos y hachas votivas en todo Palenque, hasta llegar a 22 ejemplares. Además de los hallazgos realizados por Alberto Ruz, la colección se incrementó durante el trabajo de los arqueólogos Jorge Acosta, entre 1967 y 1970, y Arnoldo González, en 1992. La mayoría de esas esculturas se localizaron en el Patio Noroeste, otro grupo en los Subterráneos del Palacio, y otras en las fachadas norte, este y oeste de la gran plataforma.


Las sepulturas de Palenque
Luis Fernando Núñez

Un antepasado vestido como el dios del maíz surge de un bulto que contiene huesos humanos. Las escenas pintadas en las vasijas de cerámica demuestran que, al parecer, los restos desarticulados estaban envueltos en algún tipo de textil, lo que indica varias posibilidades: que fueron transportados desde lejos o que estuvieron almacenados en un lugar de la casa. Vasija policroma. 
Foto: © Justin Kerr 626
Los mayas veneraban a los ancestros de los gobernantes mediante elaborados rituales en los centros cívicos ceremoniales. En sus casas, las familias también rendían culto a sus propios antepasados. Los restos de éstos eran atesorados dentro de las sepulturas y en ocasiones se les exhumaba para participar en la vida ritual del grupo doméstico.
El Templo de las Inscripciones de Palenque es la sepultura más elaborada que se ha encontrado hasta el momento en Mesoamérica. Janahb Pakal es el nombre con que comúnmente se conoce al personaje al que fue dedicada. Fue el gobernante más importante que tuvo la ciudad y bajo su mandato, entre 615 y 683 d.C., Palenque dominó una amplia región de las Tierras Bajas noroccidentales (en la parte donde colindan los actuales estados de Chiapas y Tabasco).
Se conocen otras tumbas reales de Palenque menos espectaculares, como el Templo XIII que albergó los restos de “la Reina Roja”, y algunas menos célebres, como los templos de la Calavera (Templo XII), el XVIII-a y el XX, de cuyos distinguidos ocupantes ignoramos aún su identidad. Pero la información arqueológica que han aportado nos permite hacernos una idea de las importantes ceremonias que les fueron dedicadas.
Por los hallazgos arqueológicos de Palenque y de otras importantes ciudades mayas como Calakmul, Copán, Piedras Negras y Tikal, así como por el desciframiento de varios glifos que refieren eventos cíclicos de conmemoración de los ancestros, tenemos una idea bastante clara del tipo de ceremonias públicas que organizaba la realeza maya, en las que reingresaban los descendientes a las sepulturas años después del entierro del personaje, y los huesos de éste eran objeto de veneración.
En estas ceremonias posteriores recogían los huesos del gobernante y se les bañaba con polvo rojo (óxido de hierro generalmente) para colocarlos nuevamente en su lugar. También se quemaban sustancias, se sustraían algunos objetos y se introducían otros y se agregaban cuerpos de adolescentes sacrificados. Con estos rituales que involucraban también a la comunidad, la elite de ciudades mayas como Palenque mantenía relación con los reyes muertos, quienes fungían como ancestros protectores de toda la comunidad.
Así como sucede con las tumbas reales de Palenque, las sepulturas conocidas de la clase gobernante de las ciudades mayas del Clásico (200-900 d.C.) han arrojado información invaluable para estudiar varios aspectos de la religión maya en torno a la muerte. Las exequias de los muertos de la realeza y las ceremonias posteriores eran actos de la mayor trascendencia social. En la relación entre los gobernantes y sus ancestros era importante mantener un equilibrio, pues lo opuesto traería calamidades al pueblo entero.
Pero ¿qué sucede con las prácticas mortuorias del resto de los habitantes de una de estas urbes, como Palenque? Si bien ha sido común el hallazgo de sepulturas en lo que fueron los espacios de vivienda de la gente común, apenas en años recientes se ha empezado a comprender la importancia que éstas tuvieron en la vida cotidiana de esos habitantes.



La historia dinástica de Palenque
Principales acontecimientos y genealogía de sus gobernantes
Guillermo Bernal Romero

Tablero del Templo XVII
o “de los Guerreros”.

Foto: Jorge Pérez De Lara / Raíces
Las numerosas y bien conservadas inscripciones glíficas de Palenque permiten reconstruir, de manera razonablemente completa, la historia dinástica de esta capital del periodo Clásico maya (250-900).
Los eventos mejor documentados son los nacimientos, entronizaciones, rituales de final de periodo y fallecimientos de sus gobernantes principales. En menor medida, existen referencias sobre consagraciones de templos y designaciones de funcionarios militares y sacerdotales, así como de guerras, mismas que no solamente están documentadas en inscripciones locales, sino también foráneas, principalmente de Tortuguero y Toniná, ciudades con las que Palenque sostuvo intensos conflictos.
Un aspecto desconcertante de las inscripciones de Palenque es que comenzaron a ser escritas hasta el año 652, bien entrado el reinado de K’inich Janahb’ Pakal (615-683). No se han encontrado inscripciones que epigráfica, arqueológica o estilísticamente puedan ser asignadas a los reinados de los gobernantes previos (431-613). Es decir, todos los registros relativos a los primeros jerarcas fueron escritos a partir del reinado de Pakal y durante las égidas de sus sucesores (684-ca. 799).
Algunos periodos –como el comprendido entre 599 y 702– están bien documentados a través de una gran cantidad de textos, pero otros muestran una notable escasez de registros, como el que va de 736 a 764.
El listado de acontecimientos y la genealogía que componen esta sección tienen el propósito de ofrecer al lector instrumentos de consulta rápida que le permita ubicar con facilidad la sucesión de acontecimientos que marcaron el curso de la historia palencana. Después se despliega la genealogía del linaje local, que permite observar de manera breve y directa la secuencia y vínculos de parentesco de sus gobernantes. Todas las fechas son después de Cristo.



El tablero del Templo de la Cruz de Palenque
Historia de una restauración aplazada
Laura Filloy Nadal, José Roberto Ramírez Vega
Para el profesor Sergio Arturo Montero
Panel central del tablero del Templo de la Cruz fotografiado en medio de la selva por Désiré Charnay
en 1861. Lámina 33, documento 1076, Fondo de Álbumes Antiguos de la bnah. Álbum de Charnay, editado por
Julio Michaud. 
Reprografía: BNAH
Hace algunos meses se concluyó la restauración del tablero que alguna vez decoró el interior del Templo de la Cruz en Palenque y que, desde 1909, se exhibe en el Museo Nacional de Antropología. Varios incidentes marcaron el destino de este relieve elaborado alrededor del año 692 de nuestra era. Esta última intervención ha permitido recobrar la estabilidad de la pieza y la visibilidad de sus delicados motivos grabados.
El 10 de enero de 692 d.C. K’inich Kan B’ahlam (684 d.C.-702 d.C.), señor sagrado de Palenque, dedicó el Grupo de la Cruz, conformado por tres edificios excepcionales: los templos de la Cruz, de la Cruz Foliada y del Sol. En cada santuario dispuso un bello tablero compuesto por tres grandes lajas de piedra caliza profusamente grabadas.
Durante los siglos xviii y xix, numerosos viajeros y exploradores recorrieron las ruinas de Palenque y describieron los tableros grabados del Templo de la Cruz. El primero fue el capitán Antonio del Río, quien visitó las ruinas en 1787 e hizo la primera referencia al relieve; su texto fue acompañado por un dibujo del panel central realizado por Ignacio Armendáriz. Tiempo después, en 1807, el capitán de dragones Guillermo Dupaix reportó la presencia de tres paneles grabados en el interior de dicho templo. Para 1832, Jean Frédérick Waldeck observó que el panel central del tablero había sido desprendido y que se encontraba en una ladera cercana al río. En 1840 John Lloyd Stephens y Frederick Catherwood visitaron Palenque y advirtieron que la sección central del tablero permanecía a la intemperie, la izquierda seguía in situ, la derecha estaba fragmentada y varios pedazos se encontraban en el piso. A partir de entonces cada panel siguió un destino independiente.
TRES PANELES, TRES RECORRIDOS DISTINTOS Y LAS RESTAURACIONES DEL CONJUNTO
En 1842 el panel derecho del tablero fue enviado a Washington, D.C., por Charles Russel, cónsul de los Estados Unido asentado en la isla de Jaina, Campeche, para que formara parte de las colecciones del National Institute for the Promotion of Science, y fue restaurado ahí por primera ocasión. En 1858 pasó a formar parte del Smithsonian Institute y, en 1863, fue nuevamente restaurado y algunos de los glifos faltantes se rehicieron con una pasta hecha con yeso.
Por su parte, en 1861 el panel central permanecía abandonado en medio de la selva donde fue fotografiado, rodeado de espesa vegetación, por el viajero francés Désiré Charnay. Alrededor de 1883 dicho panel fue enviado a la ciudad de México. Un año después ya se le menciona en los documentos del Museo Arqueológico Nacional y en 1897 fue registrado en el catálogo de objetos de dicho museo. Desde 1884 la dirección del museo inició diversas gestiones para que el fragmento izquierdo, que aún permanecía en Palenque, fuera trasladado a su sede. Hubo que esperar una década para que el conjunto estuviera reunido una vez más.





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