About Me

Mi foto
David Rodriguez
Ver todo mi perfil
free counters

Escuintla, Ciudad de las Palmeras

Escuintla, Ciudad de las Palmeras
Donde las Golondrinas Anidan

Páginas vistas en total

Entradas populares

Seguidores

lunes, 22 de octubre de 2012



El cacao...
y el chocolate





En la multitud de dones que México ha dado al mundo, el cacao ocupa un lugar especial. Los granos de este fruto son la base para la elaboración de uno de los productos más apreciado por los paladares de todas las latitudes: el chocolate. Además, el grano no sólo es portador de un sabor que puede llevar a la adicción, es poseedor de propiedades medicinales nada desdeñables. Las sociedades prehispánicas no sólo valoraban estos dos aspectos, de suyo significativos, sino que además confirieron al cacao cualidades que iban más allá de la mera utilidad y le asignaron un profundo simbolismo. El cacao se encontraba entre los dones originarios que los dioses dieron al hombre. Según el Popol Vuh, era considerado uno de los cuatro árboles cósmicos situados en los rumbos del universo y tenía una asociación esencial con la planta sagrada por excelencia de Mesoamérica: el maíz; además, el cacao era un fruto relacionado metafóricamente con la sangre y el sacrificio. Con tantas aristas simbólicas, no es de extrañar que adquiriera un papel importante en algunas prácticas rituales; se le consumía en bodas entre miembros de la realeza, acompañaba a los difuntos en su tránsito al inframundo, se le preparaba para celebrar victorias militares o la conclusión exitosa de expediciones comerciales. Además, era un indicador de estatus social pues su consumo estaba reservado a la nobleza y la transgresión de esta norma era severamente castigada; engalanaba la mesa de los tlatoanis con una profusión y variedad que causó el asombro de los testigos de aquellos primeros encuentros entre españoles y mesoamericanos.
Por si todo lo anterior fuera poco, el cacao posee otra vertiente digna de consideración. Seguramente debido a su significado simbólico, a su singular sabor, a sus capacidades medicinales y, principalmente, a las condiciones tan determinadas que requiere su cultivo que sólo se encuentran al sur de Mesoamérica, era por lo menos para la época de la conquista un bien de tal valor que era visto como una especie de “moneda”; las distintas mercancías eran tasadas sin empacho alguno en granos de cacao. Incluso en las primeras décadas de la Colonia, parte del tributo exigido a las comunidades indígenas debía ser entregado en bultos de granos de cacao.







La planta
de cacao





El árbol
El del cacao es un árbol relativamente pequeño, cuando es de una especie cultivada, que da frutos que contienen hasta unas 40 semillas, aunque hay variedades que producen menos. Estas semillas son los granos del cacao que se utilizaban en la época prehispánica para, principalmente, elaborar bebidas y como medida de valor en los intercambios, y que ahora son la base de la multitud de productos conocidos bajo el universal genérico de chocolate. Un rasgo particular del árbol del cacao es que flores y frutos brotan directamente del tronco o de las ramas más grandes. Ésta es una de las características que permiten reconocer al árbol en las representaciones prehispánicas.

Origen y domesticación
Como otras de las especies que dieron sustento a las sociedades mesoamericanas, la planta del cacao es en estado silvestre originaria de la cuenca del Amazonas, en Sudamérica. Aún no existe certeza de si llegó a México en estado silvestre, dispersada por roedores, monos y murciélagos, o como cultivo. Como haya sido, lo cierto es que el cacao que se consumía en Mesoamérica, y que fue el que cautivó los paladares del mundo entero, es un producto esencialmente mexicano. Si bien en Sudamérica existen especies cultivadas de cacao, algunas de sus características indican que el proceso de domesticación fue distinto en aquella zona y en Mesoamérica. La clave está en el sabor, si bien el cacao sudamericano –el del tipo conocido como forastero– da más frutos que el criollo –el originario de México–, sus granos son más amargos.
La explicación se puede encontrar en el uso que se les daba en cada una de las áreas. En Sudamérica se utilizaba exclusivamente la pulpa, para que fermentada produjera una bebida alcohólica; las semillas eran desechadas, no las necesitaban pues contaban con muchas otras especies que contenían más sustancias estimulantes que el cacao y para las que no necesitaban invertir mucho en su procesamiento. Este tipo de plantas no existían en Mesoamérica, lo cual hizo que el cacao, contrario a lo que sucedió en Sudamérica, se convirtiera aquí en una planta de alto valor.






Historia
Prehispánica





Hasta hace poco las evidencias más antiguas de la presencia de cacao en Mesoamérica venían de representaciones de la planta, del fruto o de las semillas, procedentes del área maya y correspondientes a inicios del Clásico (hacia 200 d.C.). El desarrollo de técnicas para el análisis químico de los residuos en recipientes de barro ha ampliado notablemente la visión sobre la antigüedad del consumo de cacao y su dispersión en Mesoamérica. Ya los estudios lingüísticos habían sugerido que la palabra utilizada para cacao podía tener sus orígenes en la zona olmeca, en el sur de Veracruz y el occidente de Tabasco. Debido a que esa cultura tuvo su apogeo entre 1200 y 400 a.C., ésa era la antigüedad que podría atribuirse al consumo de la planta, si bien no se sabe si para entonces estaba plenamente domesticada, ni la forma en la que se le consumía. Lo cierto es que en esa época aún no adquiría la relevancia simbólica que tendría en tiempos posteriores, por lo menos no en los mismos términos, pues no se han encontrado para esa fecha representaciones de la planta o el fruto, comunes del Clásico en adelante.
En la zona olmeca los restos de cacao más antiguos se detectaron en vasijas procedentes de San Lorenzo y de El Manatí, ambos en Veracruz. San Lorenzo fue la primera de las grandes ciudades olmecas y en ella se reflejan varios de los rasgos propios de las sociedades estratificadas que caracterizarían a Mesoamérica; es revelador que el cacao, que sería un bien de lujo reservado a las elites, apareciera ya desde entonces. De la misma época es Paso de la Amada, Chiapas, un asentamiento también de una cultura que ya mostraba complejidad social y que se encuentra justo en lo que fue en la época prehispánica la principal zona productora de cacao. En el área maya, en la que durante el Clásico (200-900 d.C.) se produciría en abundancia evidencia epigráfica e iconográfica sobre el cacao, también se han detectado restos de la semilla en recipientes de épocas muy tempranas en Cuello, Belice, y en Puerto Escondido, Honduras.
No es casual que estas primeras evidencias se encuentren en zonas con las condiciones ecológicas propicias para el crecimiento del cacao.






Simbolísmo






Para los pueblos mesoamericanos el cacao, y los alimentos con él elaborados, era un elemento sagrado y parte de su vida ritual. De hecho, principalmente en el área maya hay una buena cantidad de representaciones, correspondientes al Clásico (200-900 d.C.), en las que el cacao –ya sea la planta, el fruto, los granos o una preparación– aparece como un elemento simbólico o ritual. En ocasiones se le muestra como un árbol sagrado relacionado con la sangre, el poder político, los ancestros y su renacimiento, las mujeres y el inframundo. Además, se le puede encontrar asociado con la planta del maíz o con los dioses asociados a ella, como en el mural de Cacaxtla, Tlaxcala. Esta sola asociación con la planta fundamental de las culturas mesoamericanas da cuenta de la importancia simbólica que se concedía al cacao. De hecho, el maíz y el cacao forman un importante componente ritual en la cosmovisión mesoamericana. Se les combinaba con agua sagrada para elaborar bebidas rituales que se ofrecían a los dioses y a los ancestros para que éstos procuraran a los hombres la fertilidad agrícola; Simon Martin ha propuesto que el cacao fue el primer fruto que nació del cuerpo del dios del maíz (McNeil, 2009).
Hay varios ejemplos en los que el cacao es representado como un árbol sagrado, en sustitución de la ceiba o la planta del maíz, las dos formas más comunes. En esa calidad de árbol sagrado se le observa en representaciones de distintas regiones y épocas, como en vasos policromos del Clásico maya o en un relieve de Tajín, Veracruz. En el Códice Fejérváry-Mayer la planta del cacao es uno de los cuatro árboles cósmicos y está asociada con el rumbo del sur y el inframundo. Algunos autores (McNeil, 2009) han sugerido que debido a que el cultivo de cacao se realiza a la sombra de otros árboles, se le asociaba con la oscuridad, mientras que el maíz, sembrado a cielo abierto, lo era con la claridad. De esa asociación del cacao con el inframundo, y por lo tanto con la muerte, también existen varios ejemplos como la representación de la madre de Pakal, el famoso gobernante palencano, renaciendo de una planta de cacao. Existe una clara asociación entre la mujer y el cacao, y de acuerdo con el Popol Vuh, entre las deidades creadoras había una diosa del cacao.




Alimento





Por más que las crónicas de la época de la conquista y de la Colonia, y la persistencia de su uso entre las comunidades indígenas, proporcionen abundantes datos sobre el papel del cacao entre las sociedades prehispánicas, aún falta mucho por averiguar. Sólo hasta épocas recientes y gracias a los avances en las técnicas de análisis de residuos químicos, se ha podido comprobar que el cacao se consumía desde por lo menos el periodo olmeca, algo que la lógica indicaba pero de lo que no se tenían pruebas ciertas. Quedan pendientes de establecer las maneras en que se le consumía en las distintas épocas. Por ejemplo, sabemos de la variedad de bebidas que, con el grano molido como base, se elaboraban en la corte de Moctezuma, pero se desconoce si eran las mismas en las épocas previas. De hecho habría que considerar la posibilidad de que además del grano, en las primeras épocas se utilizara también la pulpa para elaborar bebidas fermentadas, e incluso cabe la posibilidad de que ésta fuera la manera común de consumirla y que el uso del grano molido se diera en épocas posteriores.
En términos generales, las técnicas de preparación permanecieron inalterables desde que el cacao se domesticó. Una vez que pasaba por el proceso de cosecha y preparación del grano, éste se molía; la pasta resultante se mezclaba con agua y se le añadían las semillas, las hojas o las flores de otras plantas para matizar el regusto amargo del cacao, como vainilla, achiote o chile. El cacao y los ingredientes adicionales se mezclaban con agua y tenían que ser revueltos vigorosamente con un batidor de madera. Cabe señalar que el molinillo, tan asociado ahora con la preparación del chocolate, es al parecer un instrumento introducido tras la conquista española. La mezcla era continuamente pasada de un recipiente a otro para que, a la vez que terminara de mezclarse, formara espuma, la que al parecer tenía connotaciones simbólicas. Aún existe un dicho popular que reza: “el chocolate es para el cuerpo, la espuma para el alma”. Esta labor, como el resto de las asociadas a la preparación del cacao, estaba reservada a las mujeres, y hay representaciones –del Clásico maya a la época de la conquista– en las que son mujeres quienes vierten la bebida para formar espuma.
Las bebidas de cacao estabas reservadas para la clase dirigente, y lo estaban no sólo por su elevado costo, sino porque, en función de sus valores litúrgicos y su papel como elemento señalador de estatus, se prohibía expresamente que el grueso de la población las consumiera, e incluso había castigos para quien osara beberlas.




CHOCOLATE

Tal vez el más universal de los dones mexicanos es el chocolate. Esta exquisita preparación que tiene como base los granos del cacao, lleva sus buenos siglos instalada en las mesas del mundo entero y ha experimentado profundas transformaciones desde que los granos fueran llevados a la corte española. Pronto los europeos cayeron bajo el influjo de la nueva bebida y la adoptaron e imprimieron sellos propios en función de sus gustos y de los ingredientes de que disponían para prepararla. En México sucedió algo similar; desprovisto de las restricciones rituales y sociales sobre su consumo, se convirtió en una bebida popular de uso extendido, aunque no faltaron en algunos momentos previsiones sobre el abuso del chocolate, e incluso se le incorporó como ingrediente de ciertos platillos, de los cuales el más famoso es el mole.
En este tránsito de alimento ritual a común, el cacao no sólo se transformó en las maneras de prepararlo y en los modos de consumirlo, también cambió de nombre. Con el que ahora se le denomina en todos los idiomas a lo largo y ancho del mundo: chocolate, es una palabra de la que no se tiene registro en la época prehispánica, tanto que aún persisten dudas sobre su origen y su significado preciso. Las primeras menciones al vocablo chocolate se encuentran hasta muy avanzado el siglo XVI, en las obras de Joseph de Acosta y Francisco Hernández.
A la par de esa transformación en su consumo, los instrumentos para prepararlo y beberlo también fueron evolucionando. Las jícaras, cuencos y vasos fueron sustituidos por jarros que poco a poco fueron haciéndose más elaborados hasta alcanzar formas tan acabadas como las mancerinas y los cocos chocolateros de la época colonial, por dar un par de ejemplos. El siglo XIX trajo consigo el desarrollo de tecnologías para la transformación del cacao, del chocolate, y pronto se difundieron nuevas formas de consumirlo, en tabletas y en polvo, por citar dos de las más socorridas. México supo mantener la tradición de la que fue originario y aquí se establecieron fábricas que durante siglos han elaborado toda suerte de productos derivados del chocolate y que a la larga han pasado a formar parte del imaginario gastronómico nacional.




Economía




Para la época de la conquista el grano de cacao era un bien altamente apreciado a lo largo y ancho de Mesoamérica, de hecho lo primero que supieron los europeos sobre él era que se trataba de semillas de gran valor para los habitantes del Nuevo Mundo. Durante su cuarto viaje, en 1502, Cristóbal Colón se encontró una canoa posiblemente de comerciantes mayas en Guanaja, en el golfo de Honduras, y entre las mercaderías que llevaban se encontraban granos de cacao; según la crónica del encuentro del hijo de Colón: “Todo indica que sentían gran aprecio por esos granos, pues cuando se les transbordó a nuestro barco junto con sus mercaderías noté que al caer algunos todos se inclinaban a recogerlos, como si se tratara de un ojo que hubieran perdido” (en Coe, 1999, p. 142).
Y efectivamente, entre las sociedades del Posclásico Tardío, si no es que también para las de épocas previas, el grano del cacao era a tal grado valorado que era visto como una especie de moneda. Motolinía hace una elocuente descripción de esta percepción, a la que no le faltan ni consideraciones sobre la fluctuación de los precios:

mas lo que más generalmente de él se usa es para moneda y corre por toda la tierra; una carga tiene tres números, vale y suma este número ocho mil, que los indios llaman xicpile, una carga son veinte y cuatro mil almendros o cacaos; adonde se recoge vale la carga cinco o seis pesos de oro, llevándolo la tierra adentro va creciendo el precio, y también sube y baja conforme a el año, porque en buen año multiplica mucho; grandes fríos es causa de haber poco, que es muy delicado (Benavente (Motolinia), 1984, pp. 153-154).

Desde que empezó a ser requerido por grupos fuera de su ámbito natural de cultivo, el cacao se convirtió en un componente importante de la economía prehispánica. Como muchos otros productos que sólo se obtenían en determinadas zonas (como la obsidiana, la concha, el algodón, por citar algunos), era parte de las redes de comercio mesoamericanas cuyo propósito esencial era el intercambio entre las elites de bienes suntuarios, especialmente de aquellos que servían como signo de estatus o porque tenían valores simbólicos tales, que resultaban indispensable en ciertas actividades rituales.


sábado, 13 de octubre de 2012

Las ciudades en Mesoamérica
Eduardo Matos Moctezuma
Los edificios principales, Palenque
Los edificios principales de lo que fue la ciudad de Palenque están
cercanos a las selváticas montañas. Las zonas agrícolas y habitacionales
se ubicaron en las inmediaciones de las tierras regadas por varios arroyos perennes y manantiales. Palenque, Chiapas.
 Foto: Guillermo Aldana / Raíces
Coinciden diversos investigadores dedicados al estudio de las ciudades antiguas en que el surgimiento de éstas marcan el comienzo de la civilización en diferentes latitudes. En efecto, hasta el momento se han aceptado seis áreas en el mundo en las que se presentó el fenómeno de la ciudad con la complejidad que esto implica. Fueron ellas: Egipto, Mesopotamia, China y el valle del Indo (Pakistán) en lo que a África y Oriente se refiere, y en el continente americano, los Andes y Mesoamérica. En estas sociedades originarias –así llamadas porque alcanzaron la civilización como parte de un proceso de desarrollo propio, sin influencia externa– vemos ya una serie de características que las identifican, si bien en cada una son peculiares.
Un autor que dedicó sus esfuerzos a tratar de dilucidar la importancia de las ciudades, el doctor Gordon V. Childe, planteó a mediados del siglo XX que el proceso de desarrollo de las sociedades había pasado por tres etapas: la Revolución Neolítica, la Revolución Urbana y la Revolución Industrial (Childe, 1954). La primera se entiende como el momento en que el hombre domina la agricultura y se presentan cambios cualitativos en el proceso mismo, como los que ocurren a partir de una sedentarización cada vez más acentuada con el impacto correspondiente en la economía, las relaciones sociales, la división del trabajo y la presencia de nuevos instrumentos; a la vez, agua y tierra cobran una importancia fundamental, a tal grado que pronto se les deifica.
CARACTERÍSTICAS DE LAS CIUDADES
Otro cambio cualitativo aparece con las primeras ciudades (Revolución Urbana), en el cual Childe (1950) detectó diez características que le son propias:

1. Concentración de un grupo relativamente numeroso de población en un área específica.
2. Desarrollo de una estratificación social.
3. Parte de la población está formada por campesinos y algunos miembros de esa población se dedican a otras ocupaciones como especialistas de tiempo completo.
4. Producción de una economía excedente y su apropiación por la autoridad central, ya sea el gobernante o el dios.
5. Presencia de escritura, de control económico y aspectos ideológicos como mitos y otros eventos con los que se justifican las diferencias entre las clases sociales.
6. Ciencias exactas y predictivas, como el conocimiento del clima aplicado a la agricultura.
7. Arquitectura monumental, como templos, palacios, fortificaciones y tumbas.
8. Arte figurativo.
9. Comercio a larga distancia.
10. Residencia basada en el sentido de comunidad de los miembros de las diferentes especialidades y clases.

Estas diez características se aprecian en Mesoamérica con sus propias particularidades (Wiesheu, 2002; Fash y López Luján, 2009). Ahora bien, no hay que olvidar que ya Paul Kirchhoff, en 1943, había establecido poco más de 40 rasgos que consideró típicamente mesoamericanos. Sin embargo, no tomó en cuenta la presencia del Estado como ente rector del todo social. Por eso resulta de la mayor importancia atender tres conceptos que constituyen el Estado: población, territorio y ciudad. El Estado, a su vez, puede revestir alguno de estos tres aspectos:

a) Estado primario, entendido como aquel que tiene su propio territorio y población.
b) Estado imperialista, concebido como el que rebasa sus límites para invadir y apoderarse de territorios de otros estados.
c) Un Estado que ha sido sometido por la acción expansionista de otro Estado.




El origen mítico de las ciudades
Diana Magaloni Kerpel

Las antiguas ciudades mesoamericanas son un reflejo sintético y simbólico de principios ordenadores del pensamiento indígena desde tiempo inmemorial: los dioses construyeron el mundo en un orden que debe ser seguido e imitado por los seres humanos. De entre la gran variedad de historias de la creación en las distintas tradiciones indígenas, son dos mitos principalmente los que resultan pertinentes para comprender y leer simbólicamente las ciudades prehispánicas: la creación de la tierra como un ser vivo al principio del tiempo, y la erección del árbol cósmico, que separa los cielos de la tierra y permite que el Sol –y su recorrido por la superficie espacial– den inicio al tiempo.

La primera montaña —cuya representación era el templo mayor de las ciudades mesoamericanas — fue creada por los dioses como un lagarto monstruoso que flotaba en las inmóviles aguas del mar. Este monstruo era macho y hembra a la vez; en su aspecto femenino, se le llamaba Cipactli, “lagarto”, y en el masculino, Tlaltecuhtli, “señor de la tierra”. En las articulaciones este ser tenía ojos y boca, con la cual mordía como bestia salvaje. Lápida de Tepetzintla. MNA. Foto: Proyecto De Registro Fotográfico Del MNA
LA CREACIÓN DE LA TIERRA
El Popol Vuh, libro sagrado del pueblo maya-quiché, describe que en el tiempo anterior a la creación existía solamente un “mar solitario contenido debajo de todo el cielo quieto” (Popol Vuh, 1986, pp. 71-73). Las dos regiones, celeste y acuática, estaban habitadas por fuerzas creadoras opuestas: enroscada bajo las aguas residía la “resplandeciente, preciosa, azul/verde Soberana Serpiente Emplumada”, o Gucumatz. Por encima de ésta, vivía el “Corazón del Cielo” o Huracán, quien estaba conformado por tres formas de relámpagos. Estos dos dioses luminosos al unir sus fuerzas hicieron emerger de las profundidades del océano la primera tierra, la cual tenía la forma de una gran montaña.
La versión nahua de este mito se encuentra en fuentes diversas compiladas y escritas durante el siglo XVI. El Códice Vaticanus A (3738) asienta que Tonacatecuhtli, “Señor de Nuestra Carne”, “sopló y separó el agua del cielo y de la tierra”. Otro relato nahua, consignado en una fuente temprana conocida como Histoyre du Méchique, describe la Primera Montaña creada por los dioses como un monstruoso lagarto flotando en las inmóviles aguas del océano. Este monstruo era concebido como poseedor de una naturaleza dual al ser macho y hembra a la vez, y por ello podía ser llamado Cipactli, “lagarto” (aspecto femenino), o Tlaltecuhtli, “señor de la tierra”. Este monstruo tenía articulaciones llenas de ojos y bocas con las cuales mordía como bestia salvaje (Histoyre du Méchique, 1965). Dos de los hijos de la pareja creadora, los dioses Quetzalcóatl, “serpiente emplumada”, y Tezcatlipoca, “espejo humeante”, se transformaron a sí mismos en dos grandes serpientes que asieron a la criatura por las extremidades y la estiraron hasta desgarrarla por la mitad, como se destaza a un animal en la caza. Una parte sirvió para formar el firmamento, aún sin luz de día; la otra, para hacer la tierra. Luego, los dioses hicieron con las partes del cuerpo de este fantástico animal-montaña, deidad de la tierra, todas las cosas de vida: su pelo se convirtió en árboles, flores y hierbas; su piel, en los prados; sus incontables ojos, en pozos de agua; sus bocas, en grandes ríos y profundas cuevas; y sus narices, en montañas. La narración describe que a la diosa tierra se le oía llorando por las noches porque sufría enormemente el dolor de sus heridas, rogando ser alimentada con corazones y sangre humanos, la única medicina que mitigaba su ansiedad. El desmembramiento de Cipactli-Tlaltecuhtli produce no sólo un orden en el universo, separando la tierra del cielo nocturno, sino que como primera víctima de la creación, la diosa exigirá que otras víctimas la alimenten, convirtiéndose en el símbolo de la renovación constante a través del sacrificio.
La escena de creación descrita anteriormente estuvo grabada en el arte, el paisaje ritual y el urbanismo de Mesoamérica mucho tiempo antes de que estos mitos fueran transcritos en el siglo XVI. Los monumentos del Preclásico Medio (1500-300 a.C.), atribuidos a la cultura olmeca y a las estelas creadas por el pueblo de Izapa en Chiapas durante el Preclásico Tardío (300 a.C.-200 d.C.), nos revelan que los hombres de este tiempo concibieron a la diosa de la tierra como un saurio fantástico flotando en el océano primordial. Como en los mitos de creación, el cuerpo de ese ser fantástico formó la tierra y el cielo nocturno, haciendo que la historia de los hombres transcurriera entre las fauces abiertas de ese gran saurio primordial.




Monte Albán
Nelly M. Robles García

Entre las manifestaciones urbanas del México antiguo destaca la ciudad zapoteca de Monte Albán. No sólo es la de fundación más antigua (500 a.C.) sino que trascendió por al menos 13 siglos. Fue la urbe más longeva del territorio mesoamericano, donde se concentró el poder de un Estado expansivo en toda su expresión.

Monte Albán controló por al menos 13 siglos los destinos de los pueblos del territorio conocido hoy como Oaxaca. Del territorio mesoamericano, fue la urbe que perduró más que ninguna otra y en donde se concentró la máxima expresión del poder de un Estado expansivo. En primer plano, parte posterior del Edificio J, Plaza Principal. Monte Albán, Oaxaca. Foto: Gerardo González Rul / Raíces
Monte Albán controló por largo tiempo los destinos de los pueblos ancestrales del territorio conocido hoy como Oaxaca. Ubicada en la pequeña cordillera que constituye el centro de los Valles de Oaxaca, la ciudad se desarrolló en torno a conjuntos ceremoniales situados en las partes más altas de las colinas, a casi 500 m sobre el nivel del valle; a su vez, esos conjuntos fueron regidos desde el centro del poder, el espacio sagrado, hoy conocido como Plaza Principal.
Los estudios arqueológicos, iniciados en la década de 1930 por Alfonso Caso, y los proyectos subsecuentes que han involucrado a renombrados arqueólogos (Ignacio Bernal, Jorge Acosta, Ignacio Marquina, John Paddock, Richard Blanton, Marcus Winter, Bernd Fahmel, Kent V. Flannery, Joyce Marcus, Ernesto González y Nelly Robles, entre otros), nos muestran que la ciudad de Monte Albán fue el producto de dos condiciones fundamentales. Por un lado, una verdadera planeación urbana, es decir que la imagen de la ciudad en sus diferentes momentos fue preconcebida por las elites, cuyos integrantes dominaban y concentraban los conocimientos necesarios de astronomía, arquitectura, ingeniería, urbanismo y demás ciencias aplicadas al desarrollo de un proyecto colectivo de largo plazo. Por otro lado, una organización social en la que fundamentalmente la clase de mayor jerarquía tomó el control y convocó, a través del discurso religioso, a grandes masas de personas que aportaron el trabajo, los materiales, la fuerza y energía necesarias para llevar a cabo las construcciones. Esto obedeciendo los patrones prestablecidos por los líderes, con el afán de complacer a una gran cantidad de divinidades, expresiones de la religión que regía los destinos de toda la ancestral cultura zapoteca.
EL PODER POLÍTICO
Esto quiere decir que Monte Albán se concibe como una gran obra que implicó la convocatoria de muchos talentos en torno a un objetivo común. Sin embargo, la arqueología continúa tratando de contestar una serie de preguntas que surgen alrededor de esto, por ejemplo: ¿qué movió a las masas a entregar su trabajo y sus vidas como tributo para construir, mantener y modificar a lo largo de 13 siglos esta gran ciudad? La respuesta a esta pregunta está en la existencia de un sistema jerárquico de control de la población y sus destinos. Ese sistema jerárquico y sus funciones de control para el ejercicio indiscutible del poder sobre las masas identifican a Monte Albán como el primer sistema estatal desarrollado en Mesoamérica, un poder que se basó en la religión politeísta para legitimarse y que a lo largo de sus distintas épocas reforzó su presencia por medios bélicos. El control que ejerció la clase dominante sobre los demás ha quedado de manifiesto en las diferentes expresiones de la escritura antigua, que se desarrolló a partir de la fundación de esta ciudad. Eso sólo podría explicarse a causa de un liderazgo de gran fuerza, que habría surgido entre los jefes de las diversas aldeas que poblaban el Valle de Oaxaca entre 1000 y 500 a.C. Esos jefes necesariamente habrían tenido que renunciar a sus egoísmos y determinaciones individuales para dar paso a una serie de decisiones colectivas propias de una amplia cúpula de poder, cuya existencia y reproducción constituyó la base de la supervivencia del concepto de ciudad.





Teotihuacan
La ciudad con una
cosmovisión mesoamericana

Saburo Sugiyama, Alejandro Sarabia

Recientes descubrimientos proporcionaron nuevos datos cruciales con perspectivas novedosas de la “ciudad de los dioses”. Las excavaciones de túneles hacia el corazón de las pirámides mostraron que los teotihuacanos estuvieron obsesionados con rituales de sacrificio para proclamar su poder político y militar sagrado.

Antes de Teotihuacan no hubo ninguna ciudad de Mesoamérica que hubiera estado planificada de manera similar. La perfección y la precisión de la monumentalidad de algunos de sus edificios es visible en la orientación exacta, la forma arquitectónica estandarizada y la armónica distribución espacial de los edificios, lo que sugiere un fuerte control gubernamental. En primer plano, la Ciudadela, en segundo la Pirámide del Sol, al fondo, la Pirámide de la Luna. Foto: Carlos Blanco / Raíces
Teotihuacan fue una antigua ciudad situada en la parte noreste de la Cuenca de México, una región lacustre con abundantes recursos naturales. Fue la primera metrópoli en Mesoamérica que tuvo capacidad para albergar a más de 100 000 habitantes, y cuya zona residencial se extendía más de 20 km2. Tuvo una sociedad compleja, estratificada y multicultural que recibía diferentes grupos étnicos originarios de regiones alejadas, entre ellos zapotecos y mayas.
La subsistencia de los habitantes consistía en diversas plantas domesticadas en Mesoamérica, tales como maíz, frijol, calabaza, chile, tomate, nopal, amaranto, etc., alimentos típicos y fundamentales en México desde hace miles de años hasta hoy. Los teotihuacanos criaban perros y guajolotes (pavos) para alimentarse, pero un mayor porcentaje de proteínas provenía de la caza de gran variedad de animales silvestres, entre otros, venados, conejos, aves, lagartos, así como de chapulines, gusanos, peces y caracoles.
Una de las características de esta ciudad fue la compleja organización social para cumplir demandas gubernamentales y el sistema de tributo o comercio para importar diversos materiales exóticos y a la vez exportar productos teotihuacanos de concha, cerámicas y, sobre todo, de la obsidiana que extraían de yacimientos cercanos en el Altiplano Central.
CRONOLOGÍA
El origen del urbanismo en Teotihuacan se ha mantenido como uno de los temas más oscuros, ya que pocas de las estructuras de etapas tempranas han sido excavadas hasta la fecha. Los escasos datos sólo señalan que la ciudad se creó como un centro ceremonial, ocupando el área central desde el siglo i d.C., y creció relativamente rápido.
La ciudad planificada, como la vemos actualmente, fue establecida alrededor de 200-250 d.C., con la edificación de la Pirámide del Sol, la Pirámide la Luna (una subestructura llamada Edificio 4) y la Ciudadela. En las épocas de auge de la gran urbe, fechadas entre los siglos II y V d.C., aproximadamente 2 000 conjuntos departamentales fueron construidos, agregados y modificados repetidamente para la creciente población. Diversas actividades político-religiosas, sociales, artesanales y comerciales se realizaron en los espacios públicos y en esos complejos residenciales. Aparentemente ocurrió un cambio o restablecimiento político-religioso del gobierno alrededor de 350 d.C., cuando los teotihuacanos tuvieron una interacción más intensa en muchas regiones de Mesoamérica.
Esta ciudad de magnitud excepcional dejó de funcionar en el siglo VI, probablemente por la confrontación político-social o ideológica entre sus habitantes, como lo indican restos de incendios extensivos hallados en distintos edificios, incluidos monumentos mayores con los que manifestaban su poder político.
Teotihuacan fue una ciudad planificada a una escala excepcionalmente extensa, que hasta entonces no había logrado ninguna otra ciudad mesoamericana. Una de las características más acusadas de esta ciudad y que observamos aún en nuestros días, es la monumentalidad destacada e integrada en su inusual planificación urbana. La Pirámide del Sol, la de la Luna y la Ciudadela con su monumento principal llamado Pirámide de la Serpiente Emplumada, fueron distintivamente monumentales entre sí. La perfección y la precisión de tal monumentalidad se pueden apreciar en la orientación exacta, la forma arquitectónica estandarizada y la distribución espacial armónica de los edificios, lo cual sugiere un fuerte control gubernamental.





Palenque
La transformación de la
selva en un paisaje urbano

Rodrigo Liendo Stuardo, Laura Filloy Nadal

Ciudad de Palenque
Palenque fue una de las ciudades mayas más importantes del periodo Clásico mesoamericano. Capital de una poderosa dinastía que gobernó un extenso territorio ubicado en los actuales estados de Chiapas y Tabasco, es un fascinante ejemplo de urbanismo mesoamericano.

El lugar donde se sitúa la ciudad de Palenque está protegido por un sistema defensivo natural, desde el que se dominan las planicies de Tabasco. En primer plano, de izquierda a derecha, se ven el Templo del Sol, el Templo XIV y El Palacio. Al fondo se ven parte de las planicies de Tabasco. Foto: Guillermo Aldana / Raíces
La antigua ciudad de Palenque se localiza en la porción noroccidental de las Tierras Bajas mayas, en el actual estado de Chiapas, México, donde los terrenos bajos y pantanosos del estado de Tabasco se van elevando hacia las montañas del norte de Chiapas.
El conocimiento actual que tenemos de Palenque es producto de la combinación de una detallada historia de eventos, consignados por escrito por los propios habitantes de la ciudad, y los datos proporcionados por la investigación arqueológica de sus monumentos, lo que nos permite observar procesos de larga duración en la urbe.

LA ADECUACIÓN DEL ENTORNO Y EL PAISAJE URBANO DE PALENQUE
La ciudad se construyó en una meseta estrecha rodeada de montañas, acantilados profundos y ríos que limitaban el terreno habitable. Los urbanistas palencanos emplearon un área de aproximadamente 220 ha para desarrollar una ciudad en un lugar privilegiado, protegido en su flanco sur por un terreno elevado y al norte por un acantilado, lo que da un sistema defensivo natural y que permitía dominar las planicies de Tabasco. Tres características medioambientales de la región son importantes para entender a la antigua Palenque: su ubicación con respecto a fuentes permanentes de agua, su cercanía a una amplia franja de tierras de cultivo, y las posibilidades defensivas, de transporte y de espacio para su crecimiento a lo largo de varios siglos de ocupación.
La ciudad fue construida sobre tres terrazas naturales, la segunda de las cuales, con una orientación este-oeste, contiene el área central de la ciudad y la mayor cantidad de estructuras. Esta situación topográfica fue quizás el factor que más influyó en el desarrollo de su traza urbana y fue la razón de que no haya tenido un crecimiento radial, como sucede en casi todos los sitios mayas prehispánicos.
La ciudad fue construida sobre tres terrazas naturales, la segunda de las cuales, con una orientación este-oeste, contiene el área central de la ciudad y la mayor cantidad de estructuras. Esta situación topográfica fue quizás el factor que más influyó en el desarrollo de su traza urbana y fue la razón de que no haya tenido un crecimiento radial, como sucede en casi todos los sitios mayas prehispánicos.
La ubicación de Palenque en las faldas de la sierra de Chiapas, en una de las zonas con mayor precipitación pluvial del país, le confirió ciertas cualidades en cuanto al patrón de asentamiento. Alrededor de la antigua ciudad y por el centro de ella atraviesan nueve arroyos perennes que bajan de las laderas de la serranía y al menos 56 manantiales que fueron empleados y modificados por los antiguos habitantes de la ciudad. De hecho, se ha propuesto que la zona habría recibido en la antigüedad el nombre de Lakamha’, “lugar de las grandes aguas”. Sin excepción, los nueve arroyos perennes de Palenque fueron manipulados, tanto para su uso en los distintos complejos arquitectónicos como para evitar las inundaciones en las distintas áreas urbanas. Este trabajo de ingeniería requirió la dirección y planeación por parte de individuos con experiencia y la coordinación de un número considerable de mano de obra.





El Tajín
Rex Koontz

Pirámide de los Nichos o Edificio 1. El Tajín, Veracruz.
El Tajín llegó a albergar entre 5 000 y 20 000 habitantes. Su centro urbano estaba conformado por un conjunto monumental de pirámides, juegos de pelota y palacios que ocuparon el 10 por ciento de su superficie. En ese centro urbano se llevaban a cabo grandes rituales y demás acontecimientos colectivos que permitían a la comunidad congregarse y reconocerse a sí misma.



El Tajín llamó la atención de los estudiosos desde finales del siglo XVIII, época en que se publicaron las imágenes de la Pirámide de los Nichos por primera vez. Este monumento destaca por su belleza y cuando se menciona El Tajín, generalmente se piensa que se hace referencia sólo a la famosa pirámide. Pirámide de los Nichos o Edificio 1. El Tajín, Veracruz. Foto: Carlos Blanco / Raíces
Al mencionar El Tajín, situado en las laderas norcentrales de las tierras bajas de Veracruz, lo primero que nos viene a la mente es la Pirámide de los Nichos más que la ciudad. El sitio llamó la atención de los estudiosos; a finales del siglo XVIII se publicaron por primera vez imágenes de la Pirámide de los Nichos, reconocida por sus bellas proporciones y finos acabados. Durante el siglo xix, quienes visitaron el sitio quedaron tan sorprendidos por la belleza del monumento que prestaron poca atención a los numerosos montículos que lo rodeaban. También los antiguos habitantes del lugar, sin duda, debieron haber mostrado reverencia por esta joya arquitectónica, dándole un lugar preponderante y de ricos significados –pero siempre dentro de un complejo de edificios, arte público y vida urbana que nosotros apenas comenzamos a entender.
La más importante adición al acervo arquitectónico de El Tajín se dio con el descubrimiento de las canchas para el juego de pelota. La gran cantidad de canchas (11 en el centro de la ciudad y seis más en áreas adyacentes) y su rica decoración (numerosos tableros y otras esculturas) parece indicarnos que el juego fue parte integral de la vida de la ciudad en su periodo de apogeo (600-1000 d.C. aproximadamente). Los relieves de las canchas son tan detallados y escasos que su programa iconográfico se ha utilizado desde hace más de medio siglo para entender el juego de pelota y los rituales asociados a él en toda la zona del Golfo y áreas cercanas. Resalta, sobre todo, la información que ha logrado obtenerse de las representaciones de las canchas acerca de las esculturas llamadas yugos, hachas y palmas –aún rodeadas de misterio y de una deslumbrante belleza. Durante siglos, fueron utilizadas por las elites gobernantes del sitio en un complejo sistema de rituales, como las canchas mismas. Las esculturas dejaron de hacerse tras el colapso de El Tajín, después del año 1000 d.C., cuando los juegos de pelota del sitio fueron abandonados.
EL CENTRO URBANO
Un visitante prehispánico, al acercarse a El Tajín en su época de esplendor, habría contemplado una ciudad de entre 5 000 y 20 000 habitantes que se extendía sobre más de 1 000 hectáreas. El centro urbano estaba conformado por un conjunto monumental de pirámides, juegos de pelota y palacios que ocuparon el 10 por ciento de su superficie. Fue en este centro donde se llevaban a cabo los grandes rituales y demás acontecimientos colectivos, que permitían a la comunidad congregarse y reconocerse a sí misma. Los espacios creados en las canchas y sus alrededores y en las bases de las pirámides fueron importantes lugares de convivencia del centro urbano y gran parte del arte estuvo relacionado con los rituales llevados a cabo en dichos espacios. Más adelante nos ocuparemos de algunos de esos espacios y de los rituales más importantes. Las suaves colinas de esta región de Veracruz permitieron a los urbanistas situar los edificios en distintos niveles, que oscilan entre los 140 y los 200 msnm. La división más importante del sitio es un enorme muro de contención que separa la parte baja del sur de la más elevada, al norte. La parte del sur estuvo abierta hacia la ciudad e incluye pirámides, juegos de pelota y plazas: fue el centro ceremonial público; en cambio, la parte elevada del norte, llamada Tajín Chico, fue de acceso más restringido y en ella estuvieron los palacios y edificios administrativos.






Tenochtitlan
Bertina Olmedo Vera

Fundación de  México-Tenochtitlan
Tenochtitlan reflejaba de muchas maneras los avances científicos y artísticos de sus habitantes. Así, la traza urbana y la orientación de los edificios principales expresaban los conceptos de su cosmovisión y sus conocimientos sobre el movimiento de los astros. Las grandes obras hidráulicas y el sistema agrícola de chinampas que desarrollaron, así como la magnificencia de los templos y edificios que construyeron, nos hablan de sus aptitudes en los campos de la ingeniería y la arquitectura.
Según los mitos de la fundación de Tenochtitlan, los mexicas levantaron su ciudad, por órdenes de Huitzilopochtli, su
dios patrono, en el lugar en que nació un nopal que brotó del corazón de Copil, guerrero sacrificado. Fundación de
México-Tenochtitlan. Durán, Historia de las Indias de Nueva España e islas de Tierra Firme, t. I, cap. V, p. 21.

Reprografía: Marco Antonio Pacheco / Raíces


Una cuenca muy extensa rodeada por montañas, en la que dominaba un sistema de cinco lagos que en tiempo de lluvias se convertían en un solo espejo de agua, fue el escenario en el que se desarrolló de manera vertiginosa la cultura de los mexicas entre los siglos XIV y XVI. Actualmente es una zona ocupada en gran parte por la ciudad de México y su área conurbada, y muy poco queda ya de los grandes cuerpos de agua que proporcionaron todo un modo de vida a los grupos humanos que desde hace cerca de 30 000 años comenzaron a poblar esta región, que ahora conocemos como Cuenca de México y que los mexicas llamaban Anáhuac.
Después de una larga peregrinación de más de 200 años desde su lugar de origen, ubicado al norte de Mesoamérica, los mexicas llegaron a esta región que estaba densamente ocupada por diversos grupos humanos con desarrollos culturales complejos y florecientes. Esos grupos aprovechaban la gran cantidad de recursos naturales a su alcance: animales y plantas para la caza y recolección en bosques y lagos; piedras en las montañas como basalto, tezontle y pedernal; obsidiana en los derrames volcánicos; madera de los bosques, carrizos de los lagos y sal que obtenían en las costas. Hacia el año 1325 de nuestra era, se establecieron en un islote ubicado en la parte occidental del lago de Texcoco a cambio de pagar tributo a los tepanecas de Azcapotzalco, quienes eran dueños de esa parte del lago. De acuerdo con su historia, el lugar de la fundación les fue indicado mediante una señal por su dios tribal, Huitzilopochtli, quien se comunicaba con ellos a través de su sacerdote. El grupo errante estableció su ciudad en el lugar donde vieron dicha señal, la cual consistía en un águila parada sobre un nopal, y la llamó México-Tenochtitlan.
URBANISMO Y ARQUITECTURA
En ese lugar construyeron un sencillo templo a su dios Huitzilopochtli, el cual se constituiría en el centro de su mundo. A partir de este sitio, dividieron el terreno en cuatro grandes secciones o parcialidades y construyeron largas calzadas orientadas hacia los rumbos del universo para comunicar la isla con tierra firme; esta distribución resultó en un diseño reticular de la urbe, semejante al de Teotihuacan. Las parcialidades recibieron los nombres de Moyotlan, Teopan, Atzacoalco y Cuepopan; en cuanto a las calzadas, al norte se encontraba la del Tepeyac, al sur la de Iztapalapa y al poniente la que comunicaba con Tacuba. A partir de estos elementos la ciudad comenzó a crecer rápidamente, hasta convertirse en una de las más grandes y pobladas de su tiempo.
Con el tiempo, el lugar sagrado marcado por el templo de Huitzilopochtli se amplió y llegó a convertirse en una gran plaza de 500 m por lado, que daba cabida a cerca de 78 templos y estructuras de tipo religioso. Alrededor de este espacio, separado del resto de la ciudad por medio de una plataforma de baja altura, estaban los palacios y las casas de gobernantes y nobles, y más lejos, las casas de la gente común. Toda el área habitacional se encontraba organizada en barrios que a su vez formaban parte de cada una de las cuatro grandes parcialidades.






EL ASPECTO FÍSICO DE LOS DIOSES MAYAS
MODELADO CEFÁLICO Y OTRAS MARCAS CORPORALES
Ana García Barrios, Vera Tiesler

Figurilla femenina, jaina, Campeche
El amplio repertorio de formas cefálicas que aparece en el registro esquelético y las representaciones de la gente del periodo Clásico encuentra sorprendentes paralelos en los semblantes de los dioses venerados por los antiguos mayas.





Los mayas del Clásico modelaban el cráneo de las personas con tablillas libres, un dispositivo que constaba de dos tablillas de madera: una comprimía el cráneo en la parte frontal, otra en la posterior, y se ajustaban con cuerdas o vendas conforme la calota craneana se reclinaba hacia atrás, forma conocida como tabular oblicua. Las personas con este tipo de modelado fueron sometidas a este procedimiento cuando eran niños. Esta figurilla femenina tiene cara prominente, la cabeza fuertemente reclinada y la línea de inserción capilar retraída, producto del modelado del cráneo. Jaina, Campeche. Foto: Jorge Pérez De Lara / Raíces
En todas las culturas del mundo, los dioses son modelos a seguir o imitar por los humanos. Los católicos piensan que están hechos a imagen y semejanza de Dios. Seguramente, los mayas antiguos tenían una concepción similar y los distintos dioses que conformaban el panteón maya influyeron de forma decisiva en el aspecto físico de la población. Cada deidad se caracterizaba por rasgos propios, y el modelado de la bóveda craneana era uno de los atributos que las distinguía. En este sentido hay que resaltar que las variadas modelaciones cefálicas en el panteón de los dioses mayas del Clásico encuentran concordancia con el diversificado repertorio de las formas cefálicas logradas entre los antiguos pobladores, como se observa en los restos esqueléticos y en el registro iconográfico del área maya.
La modelación cefálica era común entre los mayas prehispánicos y se lograba empleando tablillas libres o cunas compresoras sobre el cráneo, con lo que se alcanzaba una gran diversidad, sin precedente durante el primer milenio de nuestra era. Esta costumbre corporal maya ya ha sido tema de varias aportaciones anteriores en esta revista, por lo que en este ensayo se ofrece una visión complementaria, centrada en los dioses mayas. Para ello, se ha revisado una extensa base de datos de imágenes “sacras”, en las que se advierte la forma cefálica particular que las convenciones artísticas de antaño atribuían a cada deidad.
LOS DIOSES MAYAS
Desde que a principio del siglo XX, Paul Schellhas y Eduard Seler, entre otros, realizaron los primeros estudios sobre los códices del Posclásico, mucho se ha dicho de los dioses de esta etapa final de la cultura maya antigua. En ese momento, al no estar descifrados sus nombres, fue cuando se les asignó a cada uno una letra del alfabeto para poder distinguirlos. Con el paso del tiempo, los hallazgos arqueológicos y el avance en el desciframiento de la escritura jeroglífica maya, se observó que los dioses del Posclásico eran los mismos que los del panteón maya del Clásico. Así, el dios E de los códices es el dios del maíz del Clásico. El D es Itzamnaaj, dios relacionado con el conocimiento, la sabiduría y la escritura y que lleva la frente adornada con un lirio con el signo de oscuridad. El dios K es K’awiil, dios de la abundancia, entidad asociada con la magia y la adivinación a través de su pierna serpentina (Valencia y García Barrios, 2010). El dios B es Chaahk, dios del rayo, la lluvia y la guerra, quien siempre se muestra blandiendo su hacha-rayo (García Barrios, 2009). El dios G es K’inich, dios del Sol, que se distingue principalmente por la mirada bizca, el diente en forma de T y el signo cuadrilobulado de Sol o día, k’in, en su frente, brazos y piernas. Pero aún faltan por conocer los nombres exactos de otros dioses relevantes del Clásico, en especial de aquellos que tienen rasgos físicos de ancianos, como por ejemplo el del dios N, quien está asociado con el interior de la Tierra a través de la caracola; o el dios L, quien viste una larga capa con los diseños llamados chevrones, cubre su cabeza con un amplio sombrero de plumas sobre el que se asienta un gavilán y se ayuda de un báculo para caminar.





Chaahk en los mitos de las vasijas estilo códice
Ana García Barrios

Chaahk en los mitos de las vasijas
Chaahk es uno de los dioses principales del panteón maya del Clásico. Así lo atestiguan las imágenes y los escritos de la época prehispánica. Es el responsable del rayo, la lluvia y las tormentas. Pese a ser un dios celeste, sus actividades rebasan el ámbito superior y participa activamente en acontecimientos mitológicos que se desarrollan en espacios liminares. La gran mayoría de las narrativas mitológicas del dios fueron reproducidas sobre un conjunto de vasijas pintadas con fondo crema y dibujo caligráfico, motivo por el cual recibieron el nombre de vasijas estilo códice.
Cada maestro pintor de códices tenía su propio estilo. En esta vasija, el artista exageró la figura y los atributos principales del dios Chaahk: orejera, tiara y hacha, mientras que redujo el rostro, los brazos y las piernas. El representante de la muerte, quien ocupa un lugar menor en la escena, tiene las mismas características. Sus brazos, extremadamente delgados, lanzan a un Bebé Jaguar, de quien sólo se ve una garra y la cola. El amplio conocimiento que los maestros pintores de códices tenían sobre el mito del ritual del Bebé Jaguar explica los diferentes tratamientos pictóricos y las particularidades con las que cada uno las enfocó. Foto: © Justin Kerr K1199
Amediados del siglo VII y hasta el primer tercio del siglo VIII, en un área concreta de Petén (desde la Cuenca del Mirador hasta Calakmul) comenzó a elaborarse un nuevo estilo cerámico cuya principal característica era la ausencia de color en las figuras. Con deleite y pericia los escribas recubrieron con engobe color crema las superficies de las vasijas y las enmarcaron con dos bandas de color rojizo. De esta manera obtenían una superficie semejante a las secciones que preparaban los escribas en los códices de papel amate. Sobre ellas y con finas líneas de color negro-marrón, los virtuosos escribas-pintores dejaron plasmada gran parte de su tradición historico-mitológica. Las tipologías de las vasijas, cuencos, cajetes, vasos, escudillas, en ocasiones jarras y frascos veneneros, serían las que pondrían a prueba la creatividad y habilidad de estos artistas a la hora de reproducir en ellas una escena concreta. Precisamente, por sus características formales y estilísticas similares a las de los manuscritos del Posclásico, este conjunto de vasijas fueron definidas por Michael Coe (1973) como “cerámicas estilo códice”.
Las vasijas estilo códice abordan varias temáticas, entre las que habría que destacar la muerte del dios viejo, el renacimiento del dios de maíz, el sacrificio del Bebé Jaguar y el mito en el que K’awiil atrapa y envuelve con su pierna serpentina a una mujer joven que es acosada por un dios anciano. Por otro lado, están las diferentes narrativas donde intervienen seres sobrenaturales caracterizados como animales y entidades anímicas con connotaciones malignas que, como sugiere Velásquez García (2009), los textos definen como wahyis, “naguales” o “espiritus familiares” (“demonios que se suponen tienen tratos con una persona, y a la que acompañan y sirven”), asociados con los gobernantes mayas. Igualmente, se representan narrativas concretas del Popol Vuh, cuyos protagonistas son los hermanos mellizos. Otro tema recurrente es el de los escribas, que se muestran de perfil, sentados y reclinados mientras escriben códices. Los escribas llevan sus cuerpos adornados con signos de brillo, lo que les relaciona con el mundo fantástico de las criaturas sobrenaturales.
Dentro de la gran variedad de seres sobrenaturales y dioses que participan en estas narraciones mitológicas, hay que destacar la presencia casi constante, bajo diferentes advocaciones, actividades y apariencias, del dios del rayo y la lluvia, cuyo nombre en los textos del Clásico se leería Chaahk.







HISTORIAS DE LOS CÓDICES MEXICANOS
Manuel A. Hermann Lejarazu

Códice Laud

Códice LaudMictlantecuhtli y Quetzalcóatl como una deidad representante de la dualidad vida-muerte. Códice Laud, lám. 11. Biblioteca Bodleiana, Oxford, Inglaterra.
Reprografía: Marco Antonio Pacheco / Raíces
Del pequeño grupo de códices prehispánicos que sobrevivió a la conquista española, el Códice Laud es, quizá, uno de los que mayor perfección muestra tanto en el trazo como en el manejo de los colores. El artista-escribano que realizó el códice guarda una línea muy depurada, alcanza una gran precisión en los contornos de las figuras así como en la aplicación de los colores al plasmarlos de manera uniforme, lo que demuestra una virtuosa destreza del pintor cuya filiación étnica desconocemos.
Pero no solamente en la extraordinaria técnica pictórica se distingue este importante manuscrito: el Códice Laud tiene interesantes diferencias con el Códice Borgia, el Vaticano B o el Cospi, pues contiene secciones que no aparecen en los demás códices adivinatorios. En lo particular, el Códice Laud mantiene una estrecha relación con la parte ritual delCódice Porfirio Díaz o Códice de Tututepetongo, manuscrito proveniente de la región cuicateca situada en la parte norte del estado de Oaxaca.
El Códice Laud se encuentra actualmente en la Biblioteca Bodleiana de la Universidad de Oxford, Inglaterra, catalogado con el número 678. Durante mucho tiempo se le consideró un documento egipcio, pues el códice ha sido conservado dentro de un estuche de piel que tiene adherida una etiqueta que dice: Liber Hieroglyphicorum Aegyptorum MS, “libro manuscrito de jeroglíficos egipcios”. Una inscripción en latín colocada directamente sobre la cubierta del códice dice que perteneció al arzobispo de Canterbury, William Laud, en 1636.
Durante más de un siglo diversos especialistas han discutido la manera en que William Laud adquirió el documento en el siglo XVII. Nada se sabe sobre la historia anterior a esa fecha, ni de dónde exactamente pudo haber salido este extraordinario códice.
En 1905, Walter Lehmann lanzó la hipótesis de que el documento pudo haber sido obsequiado al arzobispo Laud por el entonces príncipe de Gales, más tarde conocido como Carlos I de Inglaterra, quien realizó un largo viaje a España en 1623 con la intención de acordar un matrimonio con la infanta María, hija de Felipe III y establecer una alianza (Lehmann citado por Martínez Marín, 1961, p. 27).
Más tarde, Cottie Burland en 1966 sugirió que el manuscrito había pertenecido al ocultista John Dee, quien lo deja como herencia al arzobispo Laud en 1608 (Anders y Jansen, 1994: 28). Sin embargo, Ferdinand Anders y Maarten Jansen proponen que el códice llegó a manos de Laud a través de Thomas Howard, conde de Arundel, durante un viaje que éste realizó a Alemania y Austria en 1636.




Códice de Tepetlaoztoc
Xavier Noguez
Códice de Tepetlaooztoc
Reprografía: Archivo De Xavier Noguez
• Características físicas 
Un cartapacio de 72 fojas de papel europeo de 29.8 cm de largo por 21.5 cm de ancho. Algunas fojas no fueron utilizadas y, en ocasiones, la numeración se pierde, lo que no significa una extracción de material, como sucede en otros códices.
• Formas y colores
Hubo una interesante dosis de experimentación pictórica al combinar los estilos europeo y nativo, en especial en los dos primeros mapas orientados al este. En éstos se representan paisajes de corte realista junto con glifos tradicionales de cerro, agua y toponímicos. Se usó la técnica de la acuarela con pinceles de diferente grosor. Predominan rojo, azul, verde, ocre y las tintas negra y sepia.
CONTENIDO
Es uno de los más completos ejemplos de pictografías indígenas de tema jurídico-contencioso, que gira alrededor de un pedido que hacen los habitantes de Tepetlaoztoc para una reducción de tributos, en especie y mano de obra, impuestos por Gonzalo de Salazar, su encomendero, a mediados del siglo XVI. El instrumento legal fue un extraordinario conjunto de ilustraciones, acompañadas de glosas en español. Con el objeto de justificar la demanda, se hicieron acuciosos registros no sólo contables del tributo, sino también de la ubicación del pueblo (altépetl), por medio de dos mapas, y de su historia y gobierno, que prueban su antigüedad y legitimidad política. Pero las secciones más amplias se refieren a la historia de la encomienda y los registros tributarios, un relato que se inicia hacia 1523, cuando Hernán Cortés se la adjudicó, y termina hasta 1553. Diego de Ocampo y Miguel Díaz de Aux, conquistadores, se mencionan como encomenderos por un corto periodo.

FECHA DE ELABORACIÓN

La fecha de 1554 se registra en la pictografía.

LUGAR DE ORIGEN

Tepetlaoztoc o Texcoco. Sabemos que un buen número de pictografías de la etapa colonial temprana provienen de este último señorío, donde se continuó una fuerte tradición de pintura de códices que se remonta a la etapa prehispánica.

DESCRIPCIÓN DE LA FOJA 3, LÁMINA B
De gran importancia, en el Posclásico Tardío (ca. 900-1521), en el centro de Mesoamérica, fue la presencia de grupos de cultura nómada, procedentes de las vastas llanuras septentrionales. Fueron llamados “chichimecas” en forma genérica y, algunos de ellos, una vez establecidos y aculturados por los habitantes más antiguos que se dedicaban a la agricultura, fundaron importantes señoríos como los del Acolhuacan, en la región oriental cercana a los lagos del Altiplano Central. El reino acolhua tuvo su eje político en Texcoco, señorío gobernado por los descendientes del caudillo Xólotl. Tepetlaoztoc formaba parte de este conglomerado de poblaciones, y su origen chichimeca se ve claramente reflejado en las primeras láminas de su códice. En esta foja se escribió un texto en español de 29 renglones donde se explica que hace 440 años vinieron a fundar y poblar Tepetlaoztoc los caudillos chichimecas Hueitonatiuh (Gran Sol), Hocotochtli (Lince), Tohueyo (Extranjero, con características de cuextécatl o huasteco) y Techocahuilli (¿el que llora sobre la gente?), quienes se establecen como “señores naturales” y marcan los límites del pueblo”. Además, se da noticia de los vínculos consanguíneos con sus sucesores, registrados en las siguientes fojas. Llaman la atención los detalles con que se representaron los personajes, sólo comparables con las descripciones en los Primeros Memoriales de fray Bernardino de Sahagún, al referirse a los linajes acolhuas.



HISTORIAS DE LOS CÓDICES MEXICANOS
Manuel A. Hermann Lejarazu

Códice Tulane

Códice TulaneOriginalmente, el Códice Tulane sólo contenía información genealógica de los gobernantes de los pueblos de Acatlán y Chila (estado de Puebla), y después se le añadieron numerosas glosas que describen los nombres en mixteco de los linderos de Ñumí. Códice Tulane, lám. 9.
Repro.: Boris De Swan / Raíces
Elaborado, probablemente, a mediados del siglo XVI en el señorío mixteco de Acatlán, al sur del actual estado de Puebla, la historia del Códice Tulane es un ejemplo de las enormes vicisitudes por las que han pasado numerosos documentos pictográficos que hoy en día se encuentran dispersos en diferentes bibliotecas y museos del mundo.
El códice, que había permanecido en manos de los señores de Acatlán hasta mediados del siglo XVIII, cambió súbitamente de residencia: fue trasladado al pueblo de San Juan Ñumí, al noroeste de la Mixteca Alta, seguramente por litigios que en aquel momento enfrentaban a los caciques de Acatlán con varios pueblos del área de la Mixteca. Originalmente, el manuscrito sólo contenía información genealógica de los gobernantes de los pueblos de Acatlán y Chila, pero cuando llegó a Ñumí se le añadieron numerosas glosas en mixteco que describen los nombres de los linderos de esta comunidad. Entre 1767 y 1775, los habitantes de Ñumí estuvieron implicados en diversos litigios contra las poblaciones vecinas, motivo por el cual se le agregaron al códice más nombres de linderos, sobre todo aquellos relacionados en pleitos con San Pedro Mártir Yucuxaco, San Sebastián Nicananduta y San Antonio Nduaxico. Pero la historia del códice no termina aquí, pues en fecha aún desconocida, éste apareció, a principios del siglo XX, en el pueblo de San Martín Huamelulpan, de donde lo obtuvo Samuel Daza Guzmán en 1912.
En 1932 el códice fue adquirido por la Universidad de Tulane, tras una serie de negociaciones encabezadas por el arqueólogo Frans Blom, que en aquel momento era director del Departamento de Investigación en América Media en esa universidad (actualmente conocido como Middle American Research Institute).
Durante los 20 años que transcurrieron desde el moderno descubrimiento del códice en Huamelulpan hasta su actual repositorio en la Biblioteca Latinoamericana de Tulane, se levantó una verdadera “cortina de humo” que complicó sobremanera la historia del documento. Incluso hasta años recientes aún circulaban diversas versiones sobre cómo había salido el códice de México y llegado, finalmente, a la Universidad de Tulane.
El historiador Alejandro Méndez Aquino publicó una versión interesante en su monografía sobre la historia de Tlaxiaco (Méndez Aquino, 1996, pp. 344-347), en la que se ofrecen algunos detalles acerca de cómo adquirió el códice Samuel Daza; Aquino se basó en algunos escritos de la familia Daza.



Códice de Jilotepec
Xavier Noguez
Códice de Jilotepec
Reprografía: Archivo De Xavier Noguez
• Características físicas 
Han sobrevivido doce hojas, ahora sueltas, de papel europeo, de 21.5 cm de ancho por 31.5 cm de largo. Aún se notan los rastros de una antigua encuadernación. Salvo las primeras y últimas hojas, la pictografía se encuentra completa y en buenas condiciones. Recientemente se realizó un efectivo trabajo de restauración.
• Formas y colores
A diferencia del Códice de Huichipan, donde abunda el color en las imágenes, en la pictografía de Jilotepec sólo se usó una tinta de color café para texto e ilustraciones. Todas las hojas muestran un marco doble que limita el espacio pictórico y de los textos. Por la presencia de extrañas composiciones de los glifos de caña, pedernal, casa y conejo, el códice podría caer en la categoría de anales continuos, sin embargo la secuencia no es constante porque aparecen entreverados algunos glifos que no corresponden a los cuatro citados.
CONTENIDO
Es un documento pictográfico de tradición otomiana con cuatro importantes secciones. Se inicia en el folio 24r y, por lo menos, el relato histórico parece principiar aquí. Se desconoce el contenido de los folios anteriores. La primera parte, con una fecha inicial de 1403, muestra, como símbolo de fundación del asentamiento como altépetl, un elaborado glifo toponímico de Xilotepec (lugar del cerro del los jilotes), que se acompaña de una serpiente de nubes y un señor vestido a la usanza prehispánica, con un tocado de guerrero, acomodado en un asiento de respaldo. El texto habla de los primeros gobernantes del pueblo, haciendo también referencias a los señores de México-Tenochtitlan. En la segunda parte, del folio 25r al 28r, se da noticia de las formas de elección de los gobernantes indígenas, en la etapa anterior a la conquista española, y termina con la mención de una congregación local.

FECHA DE ELABORACIÓN

Finales del siglo XVI y principios del siguiente. Aún no es claro si el documento pictórico que conocemos actualmente es un trasunto más tardío, como opinan algunos estudiosos.

LUGAR DE ORIGEN

Jilotepec de Molina Enríquez, estado de México.

FOLIO 33r
No son muchos los ejemplos de representaciones arquitectónicas realistas en los códices, que nos ayuden a documentar su historia. Por ejemplo, en el Códice de Tlatelolco se incluyeron las imágenes de su tecpan o palacio de gobierno y del llamado “rollo” de Tepeaca, en Puebla. Aquí, en la parte superior del folio, se dibujó la fachada de una construcción religiosa con siete arcos y una cruz en el centro del techo. En sus lados se agregaron un personaje español (¿un encomendero?) y un fraile franciscano. Ya en 1965, el historiador del arte John McAndrew hacía una referencia a este dibujo, considerando que se trataba de una construcción de siete naves, cada una con cinco crujías de profundidad y con un altar adosado a la pared central. Además, tenía un techo de madera inclinado. El autor compara esta construcción con otras franciscanas como la de San José de los Naturales de Tenochtitlan, cuando contaba con siete naves, y la capilla real de Cholula. Agrega que la obra tuvo un particular apoyo económico por parte de la hija menor de Juan Jaramillo, encomendero de Jilotepec. El folio aquí descrito continúa con un texto en español que, entre otros asuntos, hace particular referencia al famoso cacique Juan Bautista Valerio de la Cruz y su relación con la capilla: “...y a costa de dicho don Juan, se labró y se cortaron los cimientos de esta famosa capilla el año de 1565 y se le dio por patrona y abogada a dicha fábrica a Nuestra Señora de la Limpia Concepción, para ayuda y defensora de los pobrecitos naturales a quienes se le aplicó y haciéndoles gracia y donación...”





HISTORIAS DE LOS CÓDICES MEXICANOS
Manuel A. Hermann Lejarazu

Códices Tributarios de Mizquiahuala

Códices Tributarios de Mizquiahualaizquierda: Recibo a Manuel de Olvera por los bienes y servicios de las mujeres de Mizquiahuala. Fragmento Poinsett 1. Derecha:Entrega de productos al corregidor Manuel de Olvera. En la parte inferior derecha, los días están indicados mediante círculos. Fragmento Poinsett 2.
Fotos: BNAH
De la región del valle del Mezquital proviene uno de los grupos documentales más importantes del estado de Hidalgo: un conjunto de manuscritos pictográficos conocidos como Recibos de Mizquiahuala o Códices Tributarios de Mizquiahuala. Su contenido, principalmente, es de carácter económico pero ofrecen, además, un interesante testimonio sobre la situación social de los antiguos pobladores del pueblo de Mizquiahuala.
Seis son en total el número de manuscritos que conforman el grupo de códices de Mizquiahuala. No obstante, de los seis documentos conocidos únicamente dos se encuentran en México, ya que los demás están repartidos en distintos lugares del mundo.
Efectivamente, dos ejemplares, conocidos también como Fragmentos 7 y 13 de la Colección Humboldt, se encuentran actualmente en la Biblioteca Estatal de Berlín (Deutsche Staatsbibliothek, Berlín). Otro, que se hallaba en esta misma institución, lleva el nombre de Rechnung über gelieferte Naturalien, pero actualmente está perdido. Un cuarto documento se localiza en la Biblioteca Latinoamericana de la Universidad de Tulane, Estados Unidos, registrado bajo el nombre deTira de Tributos. Por último, dos manuscritos que se encuentran en México llevan respectivamente el nombre deFragmento Poinsett No.1 y Fragmento Poinsett No. 2, ambos en la colección de códices de la Biblioteca Nacional de Antropología e Historia.
La explicación del porqué este homogéneo grupo se encuentra tan disgregado va unida a la historia particular de cada documento pero, sobre todo, la historia se halla estrechamente relacionada con la vida y obra de sus antiguos poseedores.
Los documentos que hoy conocemos como Recibos de Mizquiahuala formaron parte de una de las colecciones históricas más importantes de México: la Colección Boturini. El humanista italiano Lorenzo Boturini Benaduci llegó a la Nueva España en 1736. Desde su arribo a México, Boturini comenzó muy pronto a interesarse por las antiguas culturas mesoamericanas y dedicó gran parte de su tiempo a recopilar textos y manuscritos que hicieran alusión al pasado indígena. Durante siete años Boturini recorrió archivos, bibliotecas y poblados en búsqueda de documentos históricos, todo ello con la idea de escribir una historia antigua del reino de Nueva España. Sin embargo, la estancia de Boturini en México era ilegal, pues se encontraba viajando sin documentación oficial que le permitiera el libre tránsito por el país. En 1743, el caballero Boturini fue arrestado por las autoridades virreinales y deportado a España al siguiente año. Todos sus manuscritos y documentos fueron incautados y remitidos a los archivos del gobierno virreinal. Ya en España, Boturini reclamó la devolución de su colección, pero jamás pudo recuperarla a pesar de que fuera nombrado “Historiador de Indias” en 1746.





Códice Telleriano-Remensis

Xavier Noguez
Códice Telleriano-Remensis
Reprografía: Marco Antonio Pacheco / Raíces
• Características físicas 
El formato es de libro europeo con papel de la misma procedencia. Mide de 32 x 22 cm. Se nota la pérdida de hojas, y ahora sólo quedan 50 folios pintados y escritos en ambos lados.
• Formas y colores
Como ya se ha mencionado, el estilo predominante en la pictografía se desprende directamente de la tlacuilollianterior a 1519, aunque no deja de ser ya un documento colonial que muestra combinaciones con las novedades pictóricas introducidas por los españoles. Las formas se determinan, de manera precisa, a través de una “línea marco” de color negro. Los colores son uniformes, planos, sin sombreados que sugieran volumen. Estas cualidades le dan al códice una claridad no vista en otras pictografías contemporáneas.
CONTENIDO
La pictografía colonial reúne tres grandes secciones que no muestran una continuidad temática, y cuya información proviene de diversas fuentes. Es probable que, como es el caso de otros ejemplos, el códice haya sido solicitado por autoridades civiles o religiosas hispanas, con el fin de conocer la historia y religión, particularmente de los mexica-tenochcas. En la primera parte (ff. 1 r-7 r) se da cuenta de algunas de las ceremonias del calendario solar, cada una de ellas con una duración de 20 días. La sección siguiente (ff 8 r-24 r) es un tonalámatl o “libro de los destinos”, almanaque adivinatorio de 20 periodos de 13 días, con una información distribuida en dos folios contiguos. En estas dos secciones llama la atención la presencia de un estilo tradicional que contribuye a definir, con mayor precisión, los complejos mensajes iconográficos.

FECHA DE ELABORACIÓN

Un punto de referencia es el periodo 1562-1563, donde termina la cronología del códice. Las imágenes parecen haber sido pintadas alrededor de 1554-1555 y las glosas hasta 1563.

LUGAR DE ORIGEN

La ciudad de México-Tenochtitlan. Se ha expresado también la hipótesis de que la parte histórica referida a la primigenia migración fue agregada posteriormente en la región de Puebla.

FOLIO 39R
Se trata de una de las más polémicas secciones de la parte histórica de la pictografía. El f. 39r registra los eventos ocurridos en 1485 (6 casa), 1486 (7 conejo) y 1487 (8 caña), años registrados mediante cartuchos en azul y rojo en la parte superior. El primer conjunto (1486) da noticia de la transición de gobierno en Tenochtitlan, cuando Tízoc (glifo onomástico de piedra atravesada por una espina) muere y sube al trono su hermano menor Ahuízotl o Ahuítzotl (la glosa define al nombre como “cierto animal del agua”). En el año siguiente se hace una exposición detallada de lo sucedido al momento de la reinaguración de una de las fases constructivas del Templo Mayor tenochca, aquí pintado con las capillas de Tláloc y Huitzilopochtli erróneamente ubicadas. Ante la presencia del nuevo hueitlatoani, se da noticia de la procedencia y número de sacrificados en esta muy especial ceremonia: dos bolsas de tabaco o copal (xiquipilli o numeral 8 000) y diez cabellos (tzontli o numeral 400) fijan la increíble suma de 20 000 víctimas procedentes de varios lugares que habían sido recientemente invadidos como Cuetlaxtlan (Cotastla), Tzapotitlan o Tetzapotitlan, ambos en la Huasteca.



HISTORIAS DE LOS CÓDICES MEXICANOS
Manuel A. Hermann Lejarazu

Códice Tudela

Códice Tudela, f. 62r.La diosa Tlazoltéotl, patrona de las médicas mexicas y de los temazcales o baños de vapor, se ve en la entrada de uno de estos edificios. Códice Tudela, f. 62r.
Reprografía: Marco Antonio Pacheco / Raíces
Desde que fue dado a conocer al mundo científico en 1947, el Códice Tudela o Códice del Museo de América ha aportado numerosa información sobre el calendario, religión y costumbres de los antiguos mexicanos. Si bien, en un principio, se consideraba una copia de un manuscrito hoy perdido, actuales investigaciones han postulado que en realidad el Códice Tudela dio origen a diversos documentos y pictografías que hoy conforman al grupo denominado Magliabechiano.
Es muy poco lo que se conoce sobre la historia del códice antes de su adquisición por el Ministerio de Educación del gobierno de España en 1948. La información que se manejaba en aquel entonces estaba relacionada con una mujer de nombre Pilar Bermúdez de Castro y Feijóo, quien había mostrado el códice a José Tudela de la Orden, subdirector en ese momento del Museo de América de Madrid. Según los datos de Pilar Bermúdez, el códice había sido llevado a España por Pedro de Castro Salazar, Marqués de Gracia Real, Caballero del Hábito de Santiago y virrey de Nueva España entre 1740 y 1741. El virrey era ascendiente de Félix Antonio Belorado y Salazar, en cuya casa había aparecido el códice en el año 1900.
De acuerdo con las investigaciones recientes de Batalla Rosado (2001, 2002), la historia de Bermúdez de Castro es bastante inverosímil, pues resulta que el virrey Castro Salazar murió en México y nunca regresó a España, e incluso, él había perdido sus pertenencias antes de su arribo a México, pues su navío sufrió el ataque de corsarios ingleses (Batalla, 2001, p. 150). Por lo tanto, la historia de la señora Bermúdez acerca de que el manuscrito había pertenecido a su ilustre antepasado resulta poco confiable. Al parecer, lo que intentaba esta señora era legitimar la posesión del manuscrito como un bien heredado, pues una ley del gobierno español promulgada en 1933 obligaba a cualquier vendedor de alguna obra declarar la procedencia legal del objeto que le pertenecía (Batalla, 2001, p. 151).
De cualquier modo, Pilar Bermúdez ofreció el códice al Ministerio de Educación español en julio de 1943, pero al no obtener respuesta, nuevamente insistió en mayo de 1947 sobre su venta, esta vez a requerimiento de José Tudela de la Orden. La cantidad que pedía doña Pilar era de 55 000 pesetas, ahora con la advertencia de que si no lo compraba el gobierno lo iba a vender a otro país. La intervención directa de José Tudela y del Marqués de Lozoya evitaron que el documento saliera de España, pues ambos terminaron por comprar el códice con su propio dinero por la cantidad de 55 250 pesetas, y coadyuvaron así a la adquisición del códice por parte del Estado español que, finalmente, lo depositó en el Museo de América de Madrid el 1 de junio de 1948 (Batalla, 2002, p. 44).







HISTORIAS DE LOS CÓDICES MEXICANOS
Manuel A. Hermann Lejarazu

El Lienzo de Tlapiltepec

Lienzo de TlapiltepecAl centro de esta imagen se ve a los padres de Atonal, fundador de la dinastía de Coixtlahuaca. Ambos están sentados cerca de los glifos de Cerro de la Red y Cerro del Árbol, lugares que aún no han sido localizados geográficamente en la Mixteca oaxaqueña. Lienzo de Tlapiltepec. Museo Real de Ontario, Toronto, Canadá. Reprografía: Archivo De Manuel A. Hermann Lejarazu
Del valle de Coixtlahuaca (un área comprendida entre la parte norte de la Mixteca Alta y la parte sur del actual estado de Puebla) proviene un conjunto de manuscritos elaborados en los más diversos materiales y estilos, aunque en su mayoría sobresalen las telas de algodón o lienzos, por lo que se les ha denominado comúnmente “lienzos de Coixtlahuaca”. Durante el siglo XVI el territorio se encontraba habitado (y aún lo está actualmente) por hablantes de lengua chuchona o chocholteca, pero también existían poblaciones mixtecas y nahuas.
El Lienzo de Tlapiltepec forma parte de este valioso grupo de documentos histórico-genealógicos que narra la situación política y geográfica de la región. Hoy en día, gracias a las investigaciones recientes de Ross Parmenter (1982), Bas van Doesburg (1998) y Adam Sellen (2000) podemos reconstruir la historia moderna de uno de los lienzos más complejos de todo el grupo.
Ahora sabemos que en 1892 el manuscrito se encontraba en la comunidad de Tlapiltepec (lugar ubicado al noroeste del pueblo de Coixtlahuaca) no obstante, el documento fue originalmente pintado en Coixtlahuaca, pero se ignora hasta el momento cómo llegó a Tlapiltepec. A principios del siglo XX, Tlapiltepec estaba inmerso en un litigio contra los pueblos vecinos de Jicotlán y Tulancingo por la demarcación de sus linderos territoriales. Las autoridades de Tlapiltepec consideraron necesario presentar el lienzo para apoyar sus reclamos legales ante el abogado Antonio María Chávez, quien los representaría durante el pleito. Pero concluido el proceso hacia 1904, Chávez no devolvió el documento a la población, quedándose con la pieza a pesar de las constantes peticiones para que lo regresara. Tres años más tarde, Chávez vendió el lienzo al afamado coleccionista Constantino Jorge Rickards por la cantidad de 400 pesos, dinero que ya había recibido anteriormente de parte del comprador (Doesburg, 1998, p. 59).
Rickards nació en la ciudad de Oaxaca en 1876 y desde niño mostró gran interés por la historia y las antigüedades prehispánicas. Sus padres eran de origen escocés, por lo que lo enviaron a Inglaterra a estudiar desde muy joven, pero años más tarde regresó a Oaxaca para graduarse en leyes (Sellen, 2000, p. 15). En 1905 se encontraba al frente de los negocios de su padre, quien había logrado una posición acomodada gracias a la minería. Cuando en 1910 estalló la Revolución mexicana, la empresa minera se vio muy afectada, por lo que Rickards tuvo que emplearse como vicecónsul de la embajada británica en Oaxaca y en la ciudad de México. El interés de Rickards por la historia prehispánica lo llevó a conformar una gran colección de piezas arqueológicas, entre las que destacan las denominadas “urnas zapotecas” o vasos efigie (Sellen, 2000, p. 15).





Códice Xólotl

Xavier Noguez
Pintura
Foto: Archivo De Xavier Noguez
• Características físicas 
Elaborado en papel de amate, consta de diez secciones determinadas por Aubin, uno de sus poseedores, aunque las dos últimas contienen un solo relato. Cada lámina mide aproximadamente 42 por 48 cm. Según Robertson, es posible que la forma original haya sido en hojas individuales o “biombo”, como los ejemplos prehispánicos que han sobrevivido. El autor opina que, por razones desconocidas, la presentación actual es una modificación que se hizo muy posteriormente.
• Formas y colores
No podemos afirmar que el Códice Xólotl sea copia de uno más antiguo, un prototipo, o que su presentación sea única, producto del contacto y asimilación de las novedades cartográficas europeas. La vista es de occidente a oriente, tomando como punto de referencia el conjunto de lagos altiplánicos y, a veces, la cordillera oriental de los volcanes. El arreglo del espacio cambió de acuerdo con las necesidades de la información.
CONTENIDO
Se trata de un gran mosaico cartográfico-histórico que se extiende a través de las diez láminas que forman esta pictografía donde, con gran imaginación, en un tour de force gráfico, se combinaron eventos y lugares.
Centrada en la historia de Texcoco-Acolhuacan, la descripción comienza con la llegada de los chichimecas del caudillo Xólotl, su primer establecimiento en Tenayocan (ca. 1224) y el inicio de su proceso de aculturación, gracias al contacto con los grupos sedentarios, hasta los antecedentes inmediatos de la llamada “guerra tepaneca” (ca. 1427-1431).
En esta última parte predomina la biografía del líder texcocano Nezahualcóyotl Acolmiztli, quien se perfiló como uno de los promotores de la alianza de sus súbditos con Tenochtitlan y Tlatelolco en contra los tepanecas de Azcapotzalco.

FECHA DE ELABORACIÓN

Es una pictografía colonial temprana. El historiador del arte Donald Robertson calcula que se pintó aproximadamente entre 1542 y 1546, o un poco antes. Además, afirma que su elaboración es más temprana que la de los códicesTlohtzin y Quinatzin, otros importantes documentos acolhua-texcocanos.

LUGAR DE ORIGEN

Probablemente se pintó en Texcoco, señorío que había sido la principal sede de grandes bibliotecas (amoxpialoyan oamoxcalli), desde la etapa anterior a la conquista hispana.

LÁMINA 9, SECCIÓN INFERIOR
Los eventos que aquí se registran tuvieron lugar al poniente y, principalmente, al oriente de la cuenca lacustre (aquí representada como un largo cuerpo de agua que al norte, lado izquierdo, termina en los lagos de Xaltocan y Zumpango).
Se trata de episodios relacionados con la huida de Nezahualcóyotl Acolmiztli, tras la subida al poder de Maxtla como señor de Azcapotzalco. Maxtla ordena matar a Nezahualcóyotl y a otros gobernantes de poblaciones cercanas que consideraba hostiles a su hegemonía política. En la parte inferior tres importantes tlatoque fueron representados: Maxtla al centro, con el glifo onomástico de bragas; Cuauhtlatoa de Tlatelolco, a la izquierda, identificado con una cabeza de águila y volutas de la palabra que salen de su pico, e Itzcóatl de Tenochtitlan, aquí con la serpiente con navajas de obsidiana. Significativamente, parecen reunirse con el caudillo tepaneca los dos gobernantes que más tarde lo derrotaron y que fueron los sucesores de Tlacatéotl y Chimalpopoca, respectivamente, víctimas del ajuste de cuentas que implementó Maxtla.