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sábado, 25 de septiembre de 2010
Mundo maya


Si algo sorprende a los estudiosos de la civilización maya es su abismal conocimiento de los cielos, aprehendido únicamente por medio de la observación y el análisis detenido de la bóveda celeste y de los ciclos naturales a lo largo de varias generaciones. Los conocimientos astronómicos estaban íntimamente ligados con la escritura, las matemáticas y, muy particularmente, con el calendario, fundamental para un pueblo dedicado a la agricultura.
El establecimiento de los ciclos agrícolas requería un minucioso estudio del cielo diurno y nocturno; de la trayectoria del sol, las fases de la luna y la posición de algunas estrellas. Todas estas observaciones fueron sistematizadas, repetidas una y otra vez, registradas y , finalmente, vinculadas con la vida material y espiritual de los mayas. Pero, ¿quiénes eran los encargados de mirar hacia las estrellas?
 Equinoccio en Dzibichaltún
Generalmente, los sacerdotes; hombres de sabiduría que apoyaron su cosmovisión en instrumentos de medición muy rudimentarios, casi milagrosos por la vasta información que aportaron. Para establecer la trayectoria de los astros, los sacerdotes tomaban asiento diariamente en un mismo punto -por lo común, la parte más alta de un templo- durante largos periodos, y fijaban la vista en el horizonte; con este método, y un palo plantado en el suelo, lograron determinar, por ejemplo, el paso del sol por el cenit, pues al encontrarse el sol en su punto más alto el palo no proyectaba sombra.
Glifos en Las Monjas, Uxmal, que representan un eclipse solar
Con el mismo objetivo, los mayas también empleaban dos varas o hilos cruzados, formando una equis; desde este punto fijo de observación, con un detalle natural en el horizonte como referencia, anotaban el lugar desde donde salían y se ocultaban determinados cuerpos celestes a lo largo de varios meses. De este modo lograron establecer, con asombrosa precisión, los ciclos lunares, solares y venusinos y observar las conjunciones estelares que más les interesaban.
A pesar de estos rudimentarios procedimientos, los sacerdotes mayas superaron sus deficiencias técnicas con una labor constante y cuidadosa en extremo, realizada con una entrega y un rigor que bien podrían calificarse como científicos; de otra manera no se explica la asombrosa exactitud de sus cálculos astronómicos y de las correcciones hechas a sus calendarios.
Por ejemplo, sabemos que los mayas tenían un año civil fijo de 365 días, y que comprendieron que había discrepancias entre éste y el año trópico verdadero, el cual, según la ciencia moderna, requiere de 365.2422 días para efectuarse. Así, concibieron una fórmula de corrección calendárica en la ciudad de Copán, Honduras, hacia los siglos VI o VII de nuestra era. Con esta corrección, su calendario quedó más cerca de la realidad que el nuestro: su año fue fijado en 365.24.20 días, mientras que el calendario que nos rige abarca 365.24.25 días.
Formación de la serpiente en la Pirámide de Kukulkán, Chichén Itzá, durante el equinoccio lunar
Los mayas también calcularon correctamente la duración de la lunación. Formularon su calendario lunar por el antiquísimo y muy exacto procedimiento del tanteo, interpolando meses de 29 y 30 días a lo largo de 405 lunaciones sucesivas. La discrepancia con respecto al ciclo lunar real es mínima.

Asimismo, es muy probable que conocieran también otros planetas, además de Venus, y que registraran sus ciclos o revoluciones sinódicas, pues por las menciones en las fuentes históricas se deduce que los mayas se interesaron por numerosas constelaciones y estrellas, como la Polar, a la que designaban como Xaman Ek, la gran estrella, la cual fue empleada como guía para viajeros y comerciantes; las Pléyades, a las que llamaban Tzab -como los cascabeles de las serpientes- y la constelación de Géminis, a la cual denominaban Ac, la tortuga.
Glifo que representa a Venus, la primera estrella de la tarde
De tanto observar los cielos los mayas notaron, no sin asombro y cierto terror, que determinados días del año el sol, durante algún tiempo, quedaba parcialmente oscurecido o incluso desaparecía del todo; cuando esto sucedía, imaginaban que una bestia celeste intentaba devorar al sol, y que si el monstruo triunfaba se acabaría el mundo. Esta posibilidad le causaba tal pánico al pueblo maya que para los sacerdotes -quienes sabían que el oscurecimiento del sol era producto del cruce de las trayectorias del sol y de la luna- era fácil obtener, con esta terrible amenaza, ofrendas excepcionales, mayor sumisión e incluso sacrificios humanos. No obstante, de los 69 eclipses anunciados en el Códice Dresde, sólo 18 fueron visibles en territorio maya.

Equinoccio lunar en la Casa de las 7 muñecas, en Dzibichaltún

Así, es evidente que la astronomía jugó un papel fundamental en la sociedad maya: no sólo determinó gran parte de su cosmovisión y muchas de sus creencias religiosas, sino también, incluso, su arquitectura -muchos edificios fueron construidos de acuerdo con la alineación de algunas estrellas, incluidos los observatorios- y su concepción del arte y de la ciencia. En resumen, para los mayas observar los cielos no fue sólo un placer; fue también una manera de entender y construir el mundo, su mundo.


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