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Escuintla, Ciudad de las Palmeras

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domingo, 26 de septiembre de 2010

 
Mundo maya
Si los dioses cifraron el cosmos para que los hombres leyeran en él su historia y su porvenir; para que se enorgullecieran de su linaje divino y su vocación sagrada, los mayas, poseedores de la sensibilidad del artista y el don del mago, lograron descifrar el lenguaje de los dioses: conocieron el poder de la palabra y la seducción de las texturas, y dejaron también su testimonio en la Tierra; labraron una escritura a partir de la Escritura -aquélla que trazaron los dioses- en la piedra -la de sus estelas y edificios- el estuco, la fibra de papel amate de sus códices, los laberintos del caracol, los aros del juego de pelota, los dinteles de madera, las joyas, los utensilios de cerámica, e incluso la bordaron en sus vestidos. La poesía impregna prácticamente todos sus escritos: es profunda, mística, y está poblada de imágenes de fuerte carga simbólica, como puede apreciarse en el poema citado contiguamente.
Tristísima estrella
adorna los abismos de la noche;
enmudece de espanto en casa de la tristeza.
Pavorosa trompeta suena sordamente
en el vestíbulo de la casa de los nobles.
Los muertos no comprenden, los vivos
comprenderán.
Toda luna, todo año, todo día, todo viento
camina y pasa también,
así toda sangre llega al lugar de su quietud,
como llega a su trono y poder...
Cantando tocaré
el armonioso, sonoro instrumento.
Vosotros, fascinados por las flores,
danzad y alabad al Dios omnipotente.
Gocemos de esta breve dicha,
porque la vida es sólo un momento fugaz.
(Poema maya traducido por Antonio Médiz Bolio)
La literatura estaba al servicio de la religión, pues la relación con la divinidad fue para los mayas prehispánicos el eje de la vida comunitaria. Así, al igual que la ciencia y otras disciplinas, el arte se concebía más como una expresión de lo sagrado que como una forma de creación personal o colectiva. La escritura misma era sagrada, y sólo la conocían unos cuantos hombres, por lo general sacerdotes, a quienes les eran revelados los designios de los dioses y las leyes divinas que mantenían el orden cósmico.
Así, los libros fueron objeto de veneración. En aquel entonces, los textos sagrados se leían en los rituales y ceremonias litúrgicas para que la comunidad fuera consciente del sentido de su existencia, tal como hoy sucede con los libros de otras religiones, como la judía o la católica. Además, eran anónimos. A nadie se le habría ocurrido firmar su obra, pues los autores no eran vistos como tales, sino como meros transmisores de la voluntad divina y de la herencia espiritual de su pueblo.
Los mayas crearon una escritura pictográfica de alto colorido y sumamente compleja, acaso la más desarrollada de la América precolombina, y la plasmaron principalmente en códices -libros de papel amate doblados en forma de biombo- a los que los mayas yucatecos llamaban anahte. De éstos, sólo sobreviven tres: el Dresdensis, el Peresianus y el Tro-Cortesianus, conocidos también como códices de Dresde,París y Madrid, respectivamente, por ser las ciudades donde actualmente se encuentran; estos códices contienen, básicamente, información sobre los primeros conocimientos astronómicos y la invención del calendario. En cambio, hasta la fecha existen cientos de textos en piedra y en estuco, muchos de ellos sin descifrar.
Con la Conquista se perdió el conocimiento de la escritura maya; probablemente, lo que hoy conocemos como literatura maya habría desaparecido también de no haber sido por algunos nobles educados por frailes españoles, quienes se dieron a la tarea de preservar su historia, sus tradiciones y creencias religiosas escribiéndolas en su lengua materna, pero con el alfabeto latino. Esto sucedió en toda el área maya a lo largo del siglo XVI, cuando surgieron libros indígenas en las comunidades de Guatemala, Chiapas, Yucatán y Tabasco.
De esta vasta producción, pueden distinguirse dos tipos de libros: los que fueron escritos con fines legales, y los que se convirtieron en los nuevos libros sagrados. Los primeros sirvieron a los indígenas mayas como títulos de propiedad de las tierras heredadas por sus antepasados; en ellos se estableció el origen de los principales linajes y se narraron los acontecimientos más importantes de cada pueblo. No obstante, los autores desvirtuaron con frecuencia su propia historia, mezclándola con la de los hebreos, a fin de mostrar a las autoridades españolas que habían asimilado las enseñanzas de los frailes.
Pero, a pesar de que, al menos en apariencia, los mayas habían decidido convertirse al catolicismo, hubo otros textos nacidos de la necesidad de conservar la religión, las costumbres y la herencia mística prehispánicas; en ellos se recogieron los mitos cosmogónicos, buena parte de la tradición oral viva hasta entonces, y los principales acontecimientos del momento. Estos libros se leían en las ceremonias religiosas secretas de los mayas, prohibidas durante la Colonia y castigadas con pena de muerte para todos los participantes. Por ello, fueron celosamente guardados por las principales familias de cada comunidad y heredados de padres a hijos.
Ésta fue la razón de que su existencia permaneciera oculta hasta el siglo XVII, cuando algunos de estos textos fueron hallados por destacados estudiosos de la cultura maya. Los más importantes y conocidos son el Popol Vuh de los quichés; el Memorial de Sololá -conocido también bajo el título de Anales de los cakchiqueles- y los libros del Chilam Balam de los mayas yucatecos, de los cuales el más conocido es el Chilam Balam de Chumayel.



El Popol Vuh
Ésta es la relación de cómo todo estaba en suspenso,
todo en calma, en silencio; todo inmóvil, callado, y vacía
la extensión del cielo.
Ésta es la primera relación, el primer discurso.
No había todavía un hombre, ni un animal, pájaros,
peces, cangrejos, árboles,
piedras, cuevas, barrancas,
hierbas ni bosques: sólo el cielo existía.
No se manifestaba la faz de la tierra.
Sólo estaban el mar en calma
y el cielo en toda su extensión

Popol Vuh
Capítulo primero
El Popol Vuh fue escrito en el siglo XVI, durante la Colonia; se ignora quién fue su autor. De hecho, su existencia permaneció oculta durante cerca de un siglo, cuando fue hallado por el padre fray Francisco Ximénez, párroco de Santo Tomás Chuilá, hoy Chichicastenango, Guatemala, en posesión de los indígenas de la región. Durante la Colonia las leguas mayas se encontraban en transición, por lo que es probable que se haya transmitido de boca en boca durante largo tiempo.
El texto original estaba escrito en lengua quiché, pero con los caracteres latinos que los frailes enseñaron a los nobles mayas. Ximénez lo tradujo al español y lo transcribió también en lengua indígena; posteriormente, lo incluyó en un volumen titulado Arte de las tres lenguas, una gramática del quiché, el tzotzil y el cakchiquel que contenía también un Confesionario y un Catecismo de indios. Hasta la fecha, se ignora dónde quedó el original en que se basó Ximénez; es probable que lo haya devuelto a los indígenas que se lo prestaron, y a la oscuridad en la que había permanecido hasta entonces.
A mediados del siglo pasado, el manuscrito se encontraba en la Biblioteca de la Universidad de Guatemala, de donde, en 1855, pasó a manos del abate Charles Etienne Brasseur de Bourbourg, quien lo llevó a Europa como parte de su colección americana. A su muerte, la obra de Ximénez fue adquirida por el señor Edward Ayer, e incorporada a su colección lingüística. El doctor Carl Scherzer realizó una copia del original en español y lo publicó en Viena en 1857. El texto en quiché fue dado a conocer más tarde, en 1861, junto con la traducción al francés realizada por Brasseur. Finalmente, la versión del Popol Vuh de Ximénez fue a parar a la Biblioteca Newberry, en los Estados Unidos, oculta bajo el título de Arte de las tres lenguas. Ni siquiera el personal de la Biblioteca sabía que se encontraba ahí.
Si se compara el texto original transcrito por Ximénez y el impreso por Brasseur, se encuentran notables variantes, algunas omisiones y otros cambios que afectan su intepretación. De hecho, el original era un solo texto de corrido; la división en las cuatro partes que hoy conocemos se debe a Ximénez. Pero, además, es evidente la influencia católica; en particular, de los relatos de la Biblia, sobre todo en la descripción de la creación del mundo. A pesar de ello, el Popul Vuh conserva un auténtico sabor quiché, lleno de exquisitas metáforas con múltiples significados cósmicos.


En su primera parte, el libro, tal como lo conocemos actualmente, describe el origen del mundo -un génesis indígena- y la creación del hombre; en la segunda, casi como un cuento para niños, narra las aventuras de dos jóvenes semidioses: Hunahpú e Ixbalanqué, en el oscuro reino de Xibalbá, la tierra de la muerte; finalmente, la tercera y la cuarta parte dan cuenta del origen de las naciones indígenas de la región; sus linajes y dinastías, sus migraciones, guerras y conquistas, lo que constituye un invaluable documento histórico para los estudiosos de la cultura de los mayas antiguos, aquéllos que, como nadie, supieron resistirse al olvido.





Memorial de Sololá o Anales de los cakchiqueles
El Memorial de Sololá fue escrito durante el siglo XVI por el maya Francisco Hernández Arana, nieto de uno de los reyes de su nación y, más tarde, por Francisco Díaz, de la misma familia, quien llevó la historia hasta el año 1604, ya entrado el siglo XVII. Este libro tiene un alto valor histórico, más que literario, sobre todo porque en su primera parte confirma gran parte de la información que brinda elPopol Vuh acerca del origen de los linajes de la región y las migraciones de las tribus.
Los Anales de los cakchiqueles permanecieron en el pueblo de Sololá, junto al lago Atitlán, en Guatemala, hasta que los encontró el padre fray Francisco Vázquez, a fines del siglo XVII; Vázquez escribió una historia utilizando el libro indígena, y lo dejó en los archivos religiosos de su orden. Posteriormente, en 1855, el texto fue traducido al francés por el abate Charles Etienne Brasseur de Bourbourg. Juan Gavarrete, estudioso de los documentos históricos de los archivos civiles y eclesiásticos, lo tradujo al castellano y lo editó en 1873.

Los Anales de los cakchiqueles, de alto contenido poético e histórico, resultan invaluables para aproximarnos a los orígenes de los pueblos mayas -en particular del pueblo cakchiquel- que, con el paso del tiempo, conformarían a uno de los imperios más grandes e importantes de Mesoamérica, cuna de una de las culturas más refinadas y una de las civilizaciones más poderosas de nuestro continente.




Libros del Chilam Balam
Chilam significa "el que es boca"; es decir, el que profetiza; loschilames eran los sacerdotes que interpretaban los libros antiguos para extraer de ellos profecías, el conocimiento de los hechos futuros. Para los mayas, el arte de profetizar era posible porque creían que el tiempo era una sucesión de ciclos cósmicos y que los acontecimientos, dependiendo de estos ciclos, podían repetirse. Así, a los chilames se les consideraba intérpretes de los mensajes de los dioses.
Balam significa "jaguar" o "brujo", y es, en realidad, un nombre de familia. Se dice que Chilam Balam fue un taumaturgo, un sacerdote del pueblo de Maní que vivió poco antes de la Conquista y que tenía gran reputación como profeta. Cuentan que junto con otros sacerdotes, llamados Napuctun, Al Kauil Chel, Nahau Pech y Natzin Yubun Chan, predijo la llegada de una nueva religión; tras la Conquista, esto se interpretó como un aviso de la llegada de los españoles y del cristianismo.
Generalmente, las profecías se encuentran en los libros sagrados; de ahí derivó el llamarles genéricamente chilam balames. Cada poblado escribió su propio libro, por lo que existen chilam balames de numerosas poblaciones; entre ellas: Maní, Tizimín, Chumayel, Kahua, Ixil, Tekax, Nah y Tusik; el más conocido es el Chilam Balam de Chumayel.
En su libro El A,B,C del arte maya, Fernando Medina Ruiz comenta: "En el periodo clásico la literatura maya (temprana) fue oral, abstracta, antifonal y sumamente simbólica. Es muy poco lo que se conserva de ella, aunque se advierte que era musical, diáfana, emotiva, impetuosa y retraída como el alma maya tocada de fatalismo y eternidad".
Para ilustrar este brillante análisis recurre a un poema profético contenido en el Chilam Balam de Tizimín:
Come, come para que tengas pan;
bebe, bebe para que tengas agua.
Ese día, polvo cubrirá la Tierra;
ese día, una plaga cubrirá la faz de la Tierra;
ese día, una nube se alzará;
ese día, un hombre fuerte se apoderará de la Tierra;
ese día, las casas caerán en ruinas;
ese día, el tierno follaje será destruido;
ese día, habrá tres signos en el árbol;
ese día, tres generaciones penderán de él;
ese día, será izado el estandarte de la batalla
y [los hombres] se dispersarán por el bosque. 
El Chilam Balam de Chumayel procede de Chumayel, distrito de Tekax, Yucatán; se supone que el compilador fue un indígena llamado Juan José Hoil, de Yucatán, ya que su nombre aparece en la página 81 del manuscrito, al lado de la fecha 20 de enero de 1782; pero es claro que después participaron otras personas que interpolaron diversos textos. Luego pasó a manos de Justo Balam, quien era, presumiblemente, un sacerdote o su secretario. Él inscribió, en 1832 o 1833, dos registros bautismales en una de las páginas en blanco del libro. A partir de entonces, éste cambió de dueño varias veces hasta que llegó a manos de don Crescencio Carrillo y Ancona, obispo de Yucatán. En 1887, el texto fue fotografiado por Teobert Maler; diez años después, tras la muerte de Carrillo y Ancona, fue adquirido por Ricardo Figueroa. Éste lo cedió en préstamo a George B. Gordon, director del Museo de la Universidad de Pennsylvania, para que hiciera una reproducción fotográfica y una edición facsimilar que a la postre resultarían afortunadas.
Cuando murió Figueroa, en 1915, el manuscrito fue llevado a la Biblioteca Cepeda de Mérida. Cuando el arqueólogo mayista Sylvanus G. Morley intentó verlo, en 1918, el libro había sido robado junto con otros manuscritos. Por fortuna, aún quedaban las copias de Maler y de Gordon. Veinte años después, el libro apareció a la venta en los Estados Unidos con un precio de siete mil dólares; más tarde se lo ofrecieron a Morley en cinco mil dólares.
La primera traducción completa de la obra al español fue una versión de Antonio Mediz Bolio, editada en Costa Rica en 1930; posteriormente, en 1933, se editó la versión en inglés, realizada por Ralph L. Roys y publicada por la Carnegie Institution de Washington. La mayor parte de las ediciones en español derivan de la traducción de Mediz Bolio.
La mayor parte de los textos del Chilam Balam de Chumayelson de índole religiosa; destacan, particularmente, los fragmentos relativos a los mitos cosmogónicos, sin aparente conexión entre ellos, tal vez porque hacen referencia a leyendas de diferentes grupos, como los quichés y los nahuas. Otros son de carácter ritual, calendárico o astronómico; existen también textos históricos acerca de los principales grupos mayas yucatecos y lo que les aconteció tras la Conquista. La obra concluye con las célebres profecías sobre la llegada de una nueva religión realizadas por el Chilam Balam histórico y otros taumaturgos.

Los escritos míticos y proféticos están redactados en un lenguaje de alto contenido simbólico y con múltiples significados, en el cual se emplean metafóricamente objetos, colores y seres naturales para expresar ideas. Es evidente que con esta escritura se pretendía no sólo dar a los textos un carácter esotérico, sino ocultar a los profanos su significado verdadero.
Por el contrario, los fragmentos históricos asientan escuetamente los hechos y la fecha en que acaecieron, tal como debieron registrarse en los códices de la antigüedad. Destacan, particularmente, las narraciones de la Conquista, sembradas de lamentos, indignación y desprecio por la rapacidad de los españoles. Los mayas de entonces quisieron que estos acontecimientos no fueran olvidados por sus descendientes. Gracias a ello nos legaron, en el Chilam Balam de Chumayel, un libro de misteriosa belleza que permanecerá vivo mientras sus páginas se abran ante nuestros ojos y los de las generaciones venideras.
Gran parte de los chilam balames restantes deben permanecer aún en manos de las comunidades indígenas que han resguardado sus tradiciones a pesar de los embates de la modernidad. Los chilames balames fueron escritos en papel europeo, en forma de cuadernos. En general, su contenido es una recopilación de textos diversos redactados en diferentes épocas a partir del siglo XVI; los hay míticos, históricos -principalmente acerca de la trayectoria de los xiúes y los itzaes- proféticos, rituales, médicos, astronómicos y cronológicos, literarios, y algunos más no clasificados.
Conforme se deterioraban, los chilam balames eran copiados, lo que provocó numerosos errores de transcripción. También se les integraron nuevos textos, según el criterio de los depositarios; por lo tanto, las versiones que conocemos no son las originales, sino copias realizadas a finales del siglo XVII y a lo largo del siglo XVIII.







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