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domingo, 5 de septiembre de 2010
Dos máscaras de Dzibanché, Quintana Roo
IMÁGENES DEL CLÁSICO MESOAMERICANO 
Sofía Martínez del Campo Lanz

Máscara de la ofrenda de la cámara 1 de la Estructura II o Templo de los Cormoranes, Dzibanché, Quintana, Roo. Arriba: Montaje de 1996. Página siguiente: Montaje de 2006, al concluir la nueva intervención en el Taller de Restauración del Museo Nacional de Antropología.
Fotos. Izquierda: Archivo Máscaras Funerarias. Derecha: Gerardo Cordero
A partir del Renacimiento europeo, la concepción de la belleza perfecta ha sido expresada por las culturas occidentales a través del cuerpo y del rostro humano en sus proporciones clásicas. Es por ello natural que la modificación de la imagen en cuanto a su simetría y a la proporción de sus formas pueda representar para el observador una dilución del ideal de belleza aprendido y apreciado culturalmente. Lo anterior nos lleva a comprender de forma cabal que un objeto no es estético por sí mismo, lo será, sólo, en la opinión del observador que lo aprecie de tal manera.
La fisonomía humana, tantas veces representada en la plástica maya del Clásico, es evidencia ineludible de la concepción estética que los antiguos mayas tenían de sí mismos. Lo es también de la observación minuciosa de sus artistas, quienes plasmaban a los nobles personajes de manera fiel, retratando cada una de las peculiaridades que los distinguían. Durante poco más de cinco décadas hemos sido sorprendidos por algunos de estos objetos rescatados de los sepulcros, objetos que, de ser comprendidos, nos llevan a un amplio conocimiento de la cultura de la que forman parte. Se trata de las máscaras funerarias de mosaico de piedra verde, testimonio de ocasiones ceremoniales y de eventos rituales de los antiguos pobladores, manifestación material y concepción espiritual durante su vida en la tierra.
El universo metafórico presente en el ritual de enterramiento llega así hasta nosotros de forma tangible, como vestigios de épocas pasadas que en realidad han de considerarse como verdaderas obras de arte de exquisita manufactura y fuente de acercamiento a esa antigua civilización. Son hallazgos que forman parte fundamental de ese universo en vista de que el papel del rostro y en general de la cabeza en el mundo prehispánico son de suma importancia. Para la sociedad mesoamericana, la cabeza era la parte del cuerpo donde podía exhibirse la jerarquía de hombres y mujeres, y era en el rostro donde se podía descubrir el reflejo de la honra derivada de la edad y de la valentía (López Austin, 1980). Aquel personaje sepultado con un ajuar funerario y una máscara de piedra verde se contaba entre los elegidos de la sociedad maya, como lo indican la valía y el significado del material con el que se recreaba su rostro.
Los resultados de la investigación y el análisis interdisciplinarios de estos mosaicos hablan de ellos como de un testimonio vivo de la imagen de esos hombres, quienes compartían el ideal de la belleza divinizada representado en la deformación de los rasgos de su rostro. Tanto en la máscara de Pakal el Grande, de Palenque, como en aquellas procedentes de las zonas arqueológicas de Calakmul, Oxkintok, La Rovirosa y Dzibanché, estas asimetrías no son fortuitas, se encuentran plasmadas en las teselas que, al unirse con precisión en el conjunto del mosaico, revelan las diferencias antropomórficas, característica notable de estos rostros que nos miran.
Dos máscaras de Dzibanché, Quintana Roo, son el último ejemplo. Ambas fueron recuperadas a principios de los noventa del siglo xx durante el “Proyecto Especial Sur de Quintana Roo”, dirigido por Enrique Nalda en colaboración con Luz Evelia Campaña. La primera máscara proviene de la ofrenda de la cámara 1 de la Estructura II o Templo de los Cormoranes y, por fortuna, sus teselas conservaron en alguna medida el orden del mosaico luego de la desaparición de su soporte original en el contexto arqueológico. No así la segunda, proveniente de un entierro secundario al que corresponde la ofrenda del nicho en la escalera de la Estructura I o Templo del Búho, que se encontró totalmente dispersa en el interior del nicho que la resguardaba. Poco después de su descubrimiento, en 1996, las dos máscaras fueron reconstruidas y conservaron la fisonomía de la primera propuesta hasta principios de 2006, cuando dio inicio la nueva intervención en el Taller de Restauración del Museo Nacional de Antropología.
Concluido su nuevo montaje, estos mosaicos de piedra verde representan el semblante de dos hombres adultos sin marcados rasgos de expresión que denoten una edad avanzada, pero con una perceptible deformación craneana que se refleja en una frente plana, ancha e inclinada, en la disparidad del tamaño de los ojos y en la prominencia de uno de los lados del rostro; ambos muestran un mentón redondeado, su barbilla está proyectada hacia adelante y la región central de la cara es corta en proporción con la de la frente y la del mentón, como lo es también la de la actual población maya de la zona, de acuerdo con el análisis antropométrico realizado por la Dra. Josefina Bautista (daf, inah). Aunque existen semejanzas entre ellas, es evidente su individualidad. En la máscara del Templo del Búho, por ejemplo, las aplicaciones de concha que conforman los ojos están en posición paralela y no rasgada, como es común en estas piezas, y posee solamente tres incisivos superiores, en lugar de cuatro o dos al centro, lo que podría considerarse como un rasgo distintivo del personaje. Las piezas de concha de los ojos pertenecen a la especie Unio sp., mientras que las de caracol que conforman los dientes son de la especie Turbinela, según la identificación del arqueólogo Adrián Velázquez (mtm) y la bióloga Norma Valentín (SLAA, INAH.)
A diferencia de los mosaicos restaurados con anterioridad durante el proyecto de restauración “Máscaras funerarias”, la materia prima que los conforma no es el jade sino la crisoprasa, una variedad de calcedonia de color verde, material identificado por vez primera en este tipo de objetos por el ingeniero Ricardo Sánchez (SLAA, INAH). La naturaleza del material de manufactura convierte a estas máscaras en piezas excepcionales, junto con el mosaico también proveniente de la Tumba 1, cámara 3, del Templo de los Cormoranes (Martínez del Campo Lanz, 2006).
Sean de jade o de crisoprasa cada máscara es única, dado que conserva el contexto histórico en el que fue creada, las transformaciones que ha sufrido y, en una medida que no debemos subestimar, la esencia de los artistas o artesanos que la crearon ya que, para los pueblos mesoamericanos, el artista es el lazo con el mundo espiritual expresado en sus formas históricas de símbolos e imágenes. Ahora, en el proyecto abocado a su restauración, esta herencia nos ha ido acercando a la precisión de la forma y los detalles, al conocimiento de los personajes y su imagen, a la concepción de la belleza perfecta durante el Clásico mesoamericano, ideal de la belleza divinizada.

Máscara de la ofrenda del nicho en la escalera de la Estructura I o Templo del Búho, Dzibanché, Quintana, Roo. Arriba: Montaje de 1996. Página siguiente: Montaje de 2006, al concluir la nueva intervención en el Taller de Restauración del Museo Nacional de Antropología.
Fotos. Izquierda: Archivo Máscaras Funerarias. Derecha: Gerardo Cordero



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